Película

Prime Crime. A True Story

Gus Van Sant

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Gus Van Sant regresa a la gran pantalla con “Prime Crime. A True Story” (2025; se estrena hoy), apenas su cuarto largometraje en quince años. Como ya hiciera en la anterior “No te preocupes, no llegará lejos a pie” (2018), vuelve la mirada a los años setenta, una década pródiga en anomalías dentro del paisaje estadounidense. Es el caso de la historia protagonizada por Tony Kiritsis, otra víctima de esa maquinaria de enajenación y desorden social arraigada en la América blanca. Durante tres días de febrero de 1977, este individuo secuestró, a punta de escopeta, al ejecutivo hipotecario Richard Hall, tras irrumpir en su oficina de Indianápolis, en represalia por un conflicto relacionado con el alquiler de un espacio donde pretendía emprender. Condujo al rehén a su domicilio con el arma atada a su cuello mediante un alambre –de ahí el título original, “Dead Man’s Wire”– y no la soltó en ningún momento, ni siquiera ante las cámaras.

Más allá de lo chocante del episodio en sí mismo, la película sitúa en primer plano la presencia –y la influencia– de los medios de comunicación, uno de los principales ejes que articula el guionista Austin Kolodney. Desde la secuencia inicial, la voz de la emisora local empuja con viveza la desmedida acción que está a punto de desencadenar el protagonista, encargado, asimismo, de detener ese sonido diegético a su antojo y de forma exabrupta. Él marca el tempo: el montaje adopta así la forma de una persecución en tiempo casi real de su comportamiento volátil y de su relación con el prestamista, en una situación literalmente “en el alambre”. Mientras tanto, las cadenas de televisión se agolpan afuera y algunos reporteros rivalizan por capitalizar el espectáculo. El afán de notoriedad es compartido.

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La cinta funciona también como carta de homenaje al cine estadounidense de la época (no parece casual la presencia testimonial de Al Pacino), poblado de luces y sombras proyectadas por criminales de baja estofa, algo que el cineasta de Kentucky se encarga de reproducir con fidelidad y urgencia. En su relato de la huida hacia ninguna parte que emprende Kiritsis, decide adoptar en buena medida una mirada documental y se alinea con los cámaras que lo capturaron en vivo: la imagen vira a texturas propias del vídeo, se congela e incluso se transforma en blanco y negro por momentos. La inclusión, al fin, de algunas imágenes de archivo del personaje real –lo que diluye parcialmente la épica construida alrededor del imponente Bill Skarsgård y su tenso duelo interpretativo con Dacre Montgomery– sirve para acomodar a otro invitado de excepción: John Wayne, encarnación del héroe americano, cuyos disparos y discurso roba también nuestro justiciero autoproclamado, su mordaz reverso.

En el apartado sonoro vuelve a comparecer Danny Elfman junto al director, aunque su partitura adopta en esta ocasión un papel atmosférico. El verdadero pulso lo marcan las canciones de época que acompañan la metamorfosis de este perdedor convertido en redentor por aclamación –léase retransmisión– popular. De hecho, las icónicas palabras de “The Revolution Will Not Be Televised” recitadas por Gil Scott-Heron, a quien también se cita de manera explícita en el metraje, resuenan con fuerza tras el fundido a negro, a modo de afirmación sardónica de Van Sant que sigue al último guiño literal de su (anti)héroe, en perspectiva cómplice con el espectador. Así germina la semilla de la idealización moderna cultivada por los mass media y sus estrategas del caos. ∎

Si te lo explican, no te lo crees...
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