Hay un olor sintético y químico que define el final exacto de la inocencia. Sandro Veronesi (Florencia, 1959) lo encapsula en “Septiembre negro” (“Settembre nero”, 2024; Anagrama, 2026) bajo la etiqueta del “olor del sol”: una mezcla asfixiante de plástico, caucho, humo de escapes y crema protectora que se adhiere como brea a la piel de la Versilia en el verano de 1972. Vertido al castellano por Juan Manuel Salmerón Arjona, este nuevo artefacto del doble ganador del Premio Strega –en 2006 por “Caos calmo” (2005; Anagrama, 2008) y en 2020 por “El colibrí” (2019; Anagrama, 2020)– nos arroja a la historia de Gigio Bellandi, un chaval de 12 años a punto de estrellarse de frente contra el mundo de los adultos.
Gigio posee una mente obsesivamente clasificatoria. Él mismo lo expresa con una precisión incómoda al contar once envoltorios vacíos de marrons glacés en una pastelería: “Soy un poco autista y en cuanto mis ojos los vieron mi cerebro los contó”. Esa fijación lo convierte en una enciclopedia andante. Para los devotos de la épica deportiva, la novela es un festín absoluto: revivimos el llanto de Franco Bitossi al perder el Mundial de ciclismo por una rueda frente a Marino Basso, la tensión del campeonato mundial de ajedrez entre Spasski y Fischer en Reikiavik y la rivalidad en la piscina entre Shane Gould y Novella Calligaris durante los Juegos Olímpicos de Múnich.
Lo que verdaderamente nos magnetiza es su despertar musical. Gracias al bilingüismo, su madre es irlandesa, Gigio se convierte en el traductor personal de Astel Raimondi, su primer amor y vecina de sombrilla. En la habitación de ella, entre bailes febriles y sudor adolescente, desgranan canciones de David Bowie, Joe Cocker, Led Zeppelin o Harry Belafonte. Resulta brillante y divertidísimo cómo Gigio convierte en acrónimo una frase escrita por una amiga inglesa de Astel: ILIG (Incomprehensible Lyrics, Irresistible Groove), la coartada perfecta para despachar aquellas canciones que no hay dios que entienda y anteponer el ritmo al sentido. En estos pasajes de descubrimiento musical, junto a la enternecedora complicidad que Gigio mantiene con su lúcida hermana pequeña Gilda, cuyo rutilismo la obliga a protegerse constantemente del sol, Veronesi toca el cielo. Es aquí donde el autor despliega un magistral equilibrio entre la ligereza y la gravedad, inyectando un humor afiladísimo que siempre encuentra la forma de colarse entre las grietas de la melancolía. La novela respira unas ganas de verano, una vitalidad carnal y una luz cegadora que atrapan desde la primera página.
Sin embargo, la paciencia del lector no es infinita. Veronesi decide sabotear el ritmo de su propia obra estirando la tensión hasta la extenuación, prometiendo una gran detonación que no deja de aplazarse y termina agotando. El autor teje una atmósfera cargada de presagios funestos; por un lado, el goteo informativo de la inminente masacre cometida por el grupo palestino Septiembre Negro en los Juegos Olímpicos de Múnich; por otro, la constante mención al siniestro caso real del asesinato del niño Ermanno Lavorini, convertido en un lodazal de falsas acusaciones y en una campaña que presentó Viareggio como un nido de pedófilos, pervertidos y asesinos. Veronesi nos hace creer que el colapso vital de Gigio estará íntimamente atado a este entramado de violencia pública, crimen y secretos familiares. La narración avanza sembrada de misterios oblicuos: desde unas extrañas gafas de sol que el chaval rescata arrastrándose bajo las tarimas de las casetas de playa hasta ese brutal salto temporal que nos traslada a una playa irlandesa para relatar la asfixia de un niño atrapado en un túnel de arena derrumbado. Todo opera como un laberinto de presagios. Pero cuando el ansiado latigazo por fin llega, resulta ser un derrumbe mucho más simple y doméstico de lo augurado.
La decisión estructural es consciente; Veronesi convierte esa desesperante lentitud en parte de su método, aunque comprenderla no evita que la desproporción entre la caja de resonancia construida y el clímax real genere una frustración difícil de esquivar. Y aun así, hay que reconocerle la habilidad envidiable para mantener nuestra atención secuestrada con una historia que, en el fondo, es argumentalmente sencillísima. Aun con sus baches de ritmo, “Septiembre negro” es una disección implacable de esa capitulación que supone hacerse adulto, el instante exacto en el que el santuario del verano salta por los aires y la realidad te pasa por encima.
Veronesi nos recuerda que la nostalgia a menudo es una trampa, un espejo deformante que oculta la extrema fragilidad de nuestro propio ecosistema infantil. Así que, ya sabéis, si cualquier verano os da por idealizar vuestra pubertad en la costa mientras os ponéis “Immigrant Song” en bucle para sentiros vivos, comprobad primero que no tenéis ningún fantasma amotinado bajo la sombrilla, no vaya a ser que el pasado os pase la factura de golpe. O, como bien asume el propio protagonista al contemplar su particular fin del mundo: “Había habido devastación, lo que estaba entero se había hecho añicos y lo único que se podía hacer era recomenzar a partir de aquellas ruinas”. ∎