Existe la tendencia a pensar que la lejanía en el tiempo y en el espacio acostumbra a aumentar una distorsión de las realidades ajenas. Y, sobre todo, la manera de entender determinados hechos históricos, acontecidos en otros países.
Lo antedicho puede aplicarse al autor japonés, que sitúa la acción en 1959, en un país todavía sumido entre la depresión y la consternación por el acta de rendición de la Segunda Guerra Mundial, firmada en septiembre de 1945. Además, a nivel social, el país no estaba acostumbrado a que las mujeres manejaran sus vidas y solucionaran sus problemas por ellas mismas. En esta ocasión, Seicho Matsumoto (1909-1992) en “Punto cero” (“Zero no shoten”, 1959; Libros del Asteroide, 2025; traducción de Marina Bornas) sitúa la acción alrededor de una joven mujer de 26 años, recién casada y con la sospecha de que a las pocas semanas ya es viuda. Bajo la capa de las buenas maneras y los constantes actos ceremoniosos tanto gestuales como verbales, la recién casada decide tomar cartas en el asunto. Un acto inusual en la sociedad japonesa de la época, en que las preguntas directas, especialmente si provienen de una mujer, son impensables.
Tokio, 1958. Teiko Itane se casa con Kenichi Uhara, diez años mayor que ella, un publicista recomendado por un casamentero. Tras una luna de miel de cuatro días, Kenichi desaparece. Teiko viaja a Kanazawa, una ciudad costera y nevada, donde se le vio por última vez, para investigar su desaparición. Cuando el hermano de Kenichi, Sotaro, acude en su ayuda, es envenenado.
Sachiro Murota, una mujer de buena posición, hecha a sí misma, representa los agravios del pasado que mantiene ocultos. Disfruta de un presente espléndido, que ve amenazado con la desaparición de Kenichi. Ajena por completo a ese contexto, Teiko la admira desde el mismo instante que se conocen. La joven sigue inmersa en su investigación. No cesa en emprender numerosos viajes en tren siguiendo la pista de su marido, en medio de parajes nevados. Mientras la policía se siente desconcertada, se acumulan los cadáveres. Teiko persiste ante todo y ante todos.
Matsumoto pone en tela de juicio determinadas conductas, que quedan a cobijo de la vergüenza y la hipocresía, según el grado de afectación de cada uno. Una de las consecuencias de la claudicación fueron la implantación de bases militares norteamericanas en suelo nipón. Los soldados y los mandos debían ser entretenidos. La oferta estaba servida; por tanto, hacía falta que alguien prestase el servicio. Ahí surgen las “chicas pan-pan”, mujeres que ejercían la prostitución –aunque no siempre– atendiendo a los soldados estadounidenses. “La terrible herida que habían sufrido las japonesas tras la derrota seguía escociendo trece años después, y bastaba con un pequeño golpe para volver a sangrar”. El autor empatiza con las mujeres: en este thriller psicológico no son meros personajes secundarios, sino las verdaderas protagonistas.
El relato entra en una suerte de bucle, pues cada vez que un personaje da un paso, cierto o erróneo, el autor vuelve a recordar el movimiento anterior. El mérito es que el lector no se despega del ritmo pausado que impone Matsumoto, hasta que en un súbito giro, Teiko, la catalizadora del relato, comprende que la desaparición de su marido está relacionada con “chicas pan-pan”. La narración se acelera igual que la transformación del país, que desea dejar atrás un pasado que ya no quiere recordar.
“Punto cero” es una obra sólida. El destino de una mujer que, sabiéndose asediada, se muestra convincente, resuelta y escurridiza afectará a los implicados en la trama. A diferencia de la novela negra clásica norteamericana, aquí no hay rastro de cinismo al final del camino. Aun así, Teiko Itane recibe de parte de Seicho Matsumoto una conclusión muy japonesa. ∎