La californiana Staci Robinson tenía todos los argumentos para escribir este libro. Conocía a Tupac Shakur (1971-1996) del círculo de amigos del Tamalpais High School en Marin City. Fue Afeni Shakur, la madre, quien le encargó el proyecto en 1999, apenas tres años después de la muerte de su hijo. Licenciada en Historia por la UCLA y productora ejecutiva de la serie documental de FX “Dear Mama. The Saga Of Afeni And Tupac Shakur” (Allen Hughes, 2023), Robinson lleva veinticinco años con este material entre las manos. Eso se nota. Para bien y para mal.
“Tupac Shakur. La biografía autorizada” (“Tupac Shakur. The Authorized Biography”, 2023; Liburuak, 2026; traducción de Miguel Stamp) arranca en 1969. Madrugada del 2 de abril, un apartamento en Harlem. Varios policías aporrean la puerta de Afeni Shakur y su marido Lumumba, líderes de la sección neoyorquina de las Panteras Negras. Los esposan y los llevan detenidos. Afeni acabará enfrentándose sola, sin experiencia legal previa, a 156 cargos de conspiración contra el gobierno. Será absuelta de todos. Un mes después nace Tupac. Robinson dedica un buen trecho del libro a construir ese contexto: el movimiento de derechos civiles, las Panteras Negras como organización política seria y no como la caricatura que difundió el FBI, la manera en que toda esa carga histórica acaba recayendo sobre un niño que todavía no sabe que la va a convertir en música. Es la parte más sólida del libro y también la que más se extiende. Robinson sabe demasiado y le cuesta descartar. El lector llega a necesitar que aparezca el protagonista del libro de una vez.
Cuando Tupac ocupa el centro de la narración, la biografía recupera el pulso. Ahí están los cuadernos manuscritos, los haikus que escribía de adolescente, los años en la Baltimore School For The Arts donde devoró a Shakespeare antes que al rap, el salto a Marin City para el último año de instituto. Robinson tiene acceso a material que ningún otro biógrafo ha tenido y sabe aprovecharlo. El Tupac que emerge de esas páginas no es el de las camisetas del Bershka. Es un chico con una formación cultural seria, una inteligencia poco común y una contradicción estructural irresoluble: criado en el activismo del partido Panteras Negras, atrapado en una industria que premiaba exactamente lo contrario de lo que había aprendido en casa. Que ese material exista y esté aquí es un regalo. Que la familia haya elegido a Robinson para custodiarlo también dice algo: este es el Tupac que querían que el mundo viera.
El problema es el tono. Robinson nunca consigue distanciarse de su sujeto. La admiración que siente por Tupac se cuela en demasiados sitios y acaba condicionando el análisis. Cuando el libro debería detenerse en sus errores, en el incidente de Marin City del 22 de agosto de 1992, donde la pistola registrada a nombre de Tupac mató a Qa’id Walker-Teal, un niño de 6 años que andaba en bicicleta en el patio de un colegio, Robinson lo narra con una ambigüedad que no hace justicia a los hechos. La proximidad tiene un precio, y aquí se paga.
Y luego está la música. Robinson trata las canciones principalmente como herramientas para explicar el comportamiento de Tupac, no como el objeto de análisis que deberían ser. “Me Against The World” (1995), publicado mientras estaba en prisión, llegó al número uno de las listas y merece algo más que contexto biográfico. “All Eyez On Me” (1996), doble álbum grabado en tres semanas después de salir de la cárcel, es una de las cumbres del rap de los noventa. Robinson lo sabe, pero su libro es ante todo el retrato de un hombre, no de un artista. Es una elección legítima, aunque deja un hueco. ∎