Aferrada a uno de los plot twist más abracadabrantes de los últimos tiempos, la primera temporada de “Sugar” (2024-) transplantaba a un detective privado entresacado de una película de los años cuarenta a la segunda década del siglo XXI. La conducta extemporánea de John Sugar (Colin Farrell) –cuya indumentaria de corte clásico o su Chevrolet Corvette Sting Ray traslucían su adscripción a un código de honor perteneciente a otro tiempo– lo alejaba tanto de la amoralidad indómita del presente como a Humphrey Bogart de una película de Guy Ritchie.
Ese anacronismo conductual terminaba por convertirse en el pretexto ideal para injertar ciencia ficción en una trama inequívocamente noir –Sugar debía encontrar a la nieta de un viejo productor de cine de Hollywood– en un giro que, por un lado, justificaba el comportamiento del investigador, alguien que aprendió su profesión y configuró su personalidad a través del enciclopedismo cinéfilo –de ahí la posmoderna recurrencia a las citas directas mediante la inclusión de fotogramas de clásicos del cine negro– y, por el otro, abría la posibilidad de transformar el género hibridándolo, como ya hicieran David Lynch y Mark Frost en “Twin Peaks” (1990-1991) o Ed Brubaker y Sean Philips en “Fatale” (2012-2014), cómic en el que James M. Cain y H.P. Lovecraft se daban la mano.
Teniendo en cuenta lo elevado de la apuesta de la entrega inaugural, prorrogar las aventuras de Sugar en la Tierra implicaba asumir el riesgo que suponía perder aquella capacidad de sorpresa que había cautivado al público. Repetir el truco no iba a ser fácil. Además, Mark Protosevich, pese a mantenerse como productor ejecutivo, cedió el cargo de showrunner a Sam Caitlin, quien ya había desarrollado series como “Preacher” (2016-2019) o participado en “Breaking Bad” (2008-2013). Ahora, además, el número de prestidigitación tenía que hacerlo un mago nuevo.
Pues bien, Caitlin no solo sale airoso del envite, sino que es capaz de seguir renovando el género sin apartarse de las coordenadas clásicas fijadas por Protosevich y, además, se las ingenia para imprimirle un nuevo viraje argumental a la historia sin añadir nuevos elementos, pues recupera a una figura clave de la primera tanda de episodios –esa hermana a la que Sugar busca con desencantada desesperación– para dejarnos, de nuevo, clavados en el sofá.
En cualquier caso, con el investigador privado instalado definitivamente en nuestro planeta –sus compatriotas lo abandonaron al final de la primera temporada–, a Sugar no le queda otra que seguir resolviendo casos, en esta ocasión el del díscolo hermano desaparecido de un boxeador. Sam Caitlin demuestra un control total del género y, lejos de simplificarlo, pergeña una trama enrevesada que se enreda hasta mostrar una telaraña de corrupción en la que una epidemia de muertes por fentanilo, derivada de una bajada del precio de venta, nos lleva a una monumental estafa inmobiliaria orquestada por un grupo de policías sin escrúpulos.
La podredumbre moral que se extiende por el relato como una plancha de asbesto, la ominosa presencia del pasado que regresará para desordenar el presente, una intriga criminal que bebe claramente de la obra de Ross MacDonald y que se traduce en la preferencia por las secuencias diurnas, o la revisión de determinados iconos del género, en este caso el de la femme fatale que encarna Laura Donnelly o el de la ayudante que interpreta Sasha Cale, hacen de “Sugar” un goce para los sentidos. La lacónica voz en off de Farrell, en uno de los grandes papeles de su carrera, o la esencia urbanita de la serie y su retrato implacable de Los Ángeles insisten en mantener vivos los ecos de una tradición un tanto depauperada por la confusión que editoriales y plataformas han sembrado interesadamente a propósito de lo que es (y de lo que no es) el noir.
Sam Caitlin no deja de mirarse en autores como Raymond Chandler –esa casa en mitad del desierto que recuerda a un pasaje de “El sueño eterno” (Howard Hawks, 1946)– ni de actualizar motivos clásicos con temáticas propias del presente –la expansión del fentanilo, la especulación inmobiliaria–, pero su participación en una serie como “Breaking Bad” hace que “Sugar” se empape de esa estética de frontera tan del gusto de Vince Gilligan –el creador de “Breaking Bad”– y que aquí se traduce en la inclusión de planos detalle, de ángulos de cámara imposibles o de un tempo definido por la música, elecciones nada descabelladas para narrar las evoluciones de un detective privado a caballo entre dos mundos. ∎