Susumu Higa desarrolló buena parte de su carrera al margen de la industria del manga convencional, trabajando como funcionario mientras publicaba historietas en pequeñas revistas locales antes de que su nombre se convirtiera en un secreto a voces y la todopoderosa editorial Kodansha lo fichara para elaborar lo que terminaría siendo su obra maestra. “Okinawa, el viento habla”, publicada entre 2001 y 2003 en las páginas de la revista ‘Morning’ y galardonada con el Japan Media Arts Grand Prize, llega ahora a España de la mano de Reservoir Books (traducción de Sandra Ruiz Morilla) en una edición que hace justicia a la envergadura del trabajo. No es solo un manga. Es un acto de memoria.
El libro aborda en diversos relatos basados en hechos reales los prolegómenos, el desarrollo y las consecuencias de uno de los episodios más devastadores de la Segunda Guerra Mundial: la Batalla de Okinawa, que entre abril y junio de 1945 segó la vida de unos 150.000 okinawenses, un tercio de la población total de la isla. Los números, por sí solos, ya resultan difíciles de procesar. Pero Higa no trabaja con estadísticas. Trabaja con personas. Con familias, con niños, con ancianos que no entienden por qué la tierra que han pisado toda su vida se ha convertido de repente en un campo de exterminio disputado por dos ejércitos que los consideran, en el mejor de los casos, daños colaterales. En esa decisión narrativa –la de humanizar lo que podría haber quedado reducido a crónica histórica– reside el corazón del libro.
Lo más notable de la propuesta de Higa es su negativa a sucumbir al maniqueísmo. El punto de vista es siempre japonés, cuyo ejército cometió crímenes atroces contra sus propios compatriotas okinawenses: los empujó hacia suicidios colectivos, los utilizó como escudos humanos, los trató como un recurso desechable al servicio de la supervivencia del imperio. Las tropas estadounidenses, por su parte, arrasaron sin contemplaciones con bombardeos desde mar y aire; el primer relato se centra en un episodio de la posguerra sobre violación de campesinas japonesas por soldados norteamericanos. Higa lo documenta todo con la mirada fija del testigo que no puede permitirse el lujo de apartar los ojos, pero tampoco el de convertirse en juez. El resultado es una obra que desafía cualquier lectura política cómoda y obliga al lector a enfrentarse a la complejidad moral de la guerra en su estado más descarnado.
Este enfoque conecta directamente con una tradición del manga de autor que tiene en Shigeru Mizuki (1922-2015) a su referente más ilustre. Mizuki, que perdió un brazo como joven soldado en el Pacífico y dedicó gran parte de su obra a exorcizar el trauma bélico, trazó el camino por el que Higa transita con paso firme y voz propia. Pero mientras Mizuki solía introducir elementos fantásticos y autobiográficos como válvulas de escape emocional, Higa es más austero, más frontal. No hay distancia irónica ni recurso sobrenatural que amortigüe el golpe. Solo el relato de lo que ocurrió, estructurado en historias paralelas que se entrecruzan con la naturalidad de quien conoce el territorio que describe porque lo lleva inscrito en la memoria colectiva de su pueblo.
Porque Higa es okinawense. Nació en la isla en 1953, ocho años después de la batalla, y nunca se ha marchado. Ese detalle importa. “Okinawa, el viento habla”, como su otra recopilación traducida en España, “Okinawa” (1992-2000; Norma, 2025), no es el trabajo de un observador externo fascinado por un episodio histórico exótico. Es el testimonio de alguien que creció rodeado de supervivientes, que conoció de primera mano las cicatrices de una cultura –las islas Ryūkyū, con su lengua y sus tradiciones propias– que el imperio japonés sacrificó sin demasiados remordimientos en el altar de su propia supervivencia. Esa proximidad imprime al libro una densidad emocional que ninguna documentación académica podría replicar.
El estilo gráfico de Higa es preciso y sobrio, perfectamente calibrado para no interponer efectismos entre el lector y los hechos. Las páginas de transición, los planos abiertos sobre el paisaje devastado, los silencios entre viñetas: todo está al servicio de un ritmo narrativo que sabe cuándo acelerar y cuándo detenerse a respirar. Reservoir Books ha acertado con el formato, un tomo único en rústica que convierte el libro en objeto con la solidez que merece su contenido y, muy importante, acompañado de textos finales, entre ellos uno del propio autor escrito para la edición española.
“Okinawa, el viento habla” es el tipo de manga que desborda los géneros hasta hacerlos irrelevantes como categorías. Es historia, es literatura, es memoria colectiva de un pueblo que todavía hoy convive con las consecuencias de aquellos meses. Y es, sobre todo, un canto antibelicista de una vigencia tan incómoda como necesaria. ∎