La tradición del gran excéntrico inglés ha permeado la historia del pop desde el mismo día que Ray Davies se empeñó en ignorar los cantos de sirena de lo psicodélico porque él veía más mundo en cualquier pub de Muswell Hill que en ningún viaje lisérgico. Desde entonces se puede hablar de una corriente subterránea que alimenta el cancionero británico desde los márgenes, aunque con leves destellos de aceptación mainstream: ahí estarían nombres tan ilustres como los de Martin Newell, Lawrence o Robyn Hitchcock, cada cual con su peculiar idiosincrasia, pero siempre manteniéndose firmes en carreras artísticas que parecen ajenas a las veleidades de la industria musical, obcecados en referentes imposibles, sea la reescritura de Syd Barrett, sea la miniatura lo-fi más improbable o la aproximación al glam más chusquero. Pese a todo, ninguno de ellos ha alcanzado las cotas de obstinación estética y autosacralización outsider de Billy Childish.
Resulta encomiable, sin duda, que Liburuak se haya atrevido a publicar en castellano una traducción (muy notable) del volumen que le dedicó hace un par de años el periodista Ted Kessler, con el título de “Para calmar mi atormentada mente. La historia autorizada no autorizada de Billy Childish” (“To Ease My Troubled Mind. The Authorized Unauthorized History Of Billy Childish”, 2024; Liburuak, 2026; traducción de Teresa Bailach Arrate). El de Chatham no es precisamente un ídolo de masas en nuestro país, aunque haya tenido sus momentos de gloria, sobre todo cuando la escena garagera ha gozado de buena salud. Puede ser, eso sí, la propia biografía la que empuje la curiosidad hacia la figura fuera de sus nichos habituales. Más allá de tópicos y maximalismos –los ya centenares de LPs que ha publicado, la innumerable cantidad de cuadros de su faceta pictórica, los libros de poemas hiperconfesionales, la colección de historias sentimentales entre lo descacharrante y el terrorismo emocional, su trágica historia familiar–, Childish se revela como un personaje poliédrico, comprometido hasta las últimas consecuencias con su gran proyecto artístico y de un entusiasmo contagioso que lleva a todos los de su alrededor a aventurarse en lo creativo. Pero al mismo tiempo, y sin que sea óbice para nada de lo anterior, queda claro que el principal tema de conversación y reflexión del propio Childish es Billy Childish. Todo el rato. Sin matices.
El gran éxito de Kessler es que consigue esquivar la bala de lo egomaníaaco mediante la exposición descarada de lo insufrible que es, en ocasiones, tener cerca a un artista así. Al mezclar la historia oral con letras de canciones, correos electrónicos y prácticamente cualquier fuente imaginable, muchas de ellas rayando lo sangrante en la percepción de Childish, nos lleva a pensar que igual detrás de nuestro gran excéntrico inglés, patrón del garage rock primitivo y de una pintura que mira a los ojos a los impresionistas, hay un hombre traumatizado, manipulador y muchas veces desagradablemente misógino: su intento de establecer lo que podríamos llamar un harén pasa por ser uno de los episodios más delirantes del libro. Pero por encima de todo hay alguien que no piensa las cosas dos veces, que percibe el corregir –las canciones, los cuadros, las actitudes– como una rotura de su sistema de valores. Es más importante producir, sacar lo que uno lleva dentro de una forma compulsiva e irreflexiva. Y resulta particularmente desalentador todo lo que rodea a su relación con Tracey Emin, a la que recuerda y critica de una forma algo obsesiva en ocasiones.
Este es un gran libro, y lo es porque trasciende la biografía pop estándar, porque funciona como una novela de obsesión, éxito y miseria. Y es, ante todo, un gran libro sobre el rol del arte en nuestras vidas y sobre el mito del creador. También es un gran libro sobre una Inglaterra proletaria –la del estuario del Támesis, llena de white trash desplazada desde hace décadas de un Londres caníbal– muchas veces olvidada incluso en las narrativas oficiales de la clase obrera británica, tan norteñas habitualmente. Da igual si te gusta Childish o no, vale la pena leerlo. ∎