Vosotros erais muy jóvenes y a lo mejor no lo recordaréis, pero cuando Apple TV+ estrenó “The Morning Show” (2019-) la posicionó como una potencial gallina de los huevos de oro para una plataforma de televisión aún en pañales. Este artefacto catódico, creado por Jay Carson, parecía el culmen de la televisión de prestigio (como si eso pudiese significar algo, ya que llevamos una década en la que, cada dos o tres años, aparece una serie que alcanza cotas más altas que la anterior). Lo tenía todo: dos actrices con bases de fans agradecidas y escasos haters –Reese Witherspoon y Jennifer Aniston–, un Steve Carell a la postre desaprovechado por sus guionistas y unos capítulos que abordaban los grandes temas del momento. Al principio, el movimiento #MeToo, pero también fueron permeando en las subtramas la lucha por la equidad en el puesto de trabajo, la cultura de la cancelación y la rampante corrupción en los grandes conglomerados de negocio. Diablos, la serie cargaba sobre sus lomos la responsabilidad de corregir el agravio histórico de que “The Newsroom” (Aaron Sorkin, 2012-2014), llamada a ser la gran ficción televisiva sobre el periodismo, no acabase con seis temporadas y una película.
Tras una segunda temporada que se situó –a posteriori– en el ojo del huracán de la pandemia global, parecía como si finalmente estuviésemos ante la serie que negaron completar a Aaron Sorkin. No en vano, “The Morning Show” estaba basada muy libremente en “Top Of The Morning” (2013), un libro del crítico televisivo Brian Stelter sobre las guerras interinas en los programas matutinos. Se adoptó entonces un mecanismo muy similar al de aquella “The Newsroom”, dejar que la corta-media distancia de unos meses –dos años a lo sumo– respecto a determinados acontecimientos históricos reforzarse el aura santurrona de sus protagonistas. Y “The Morning Show” de personajes engreídos que se creen guardianes de la verdad y garantes del periodismo libre, va bien servida, no lo vamos a negar.
Poco a poco, la serie fue cayendo en una espiral cuesta abajo de melodrama tragicómico rayano en lo telenovelesco. Quizá entendían los creadores que esta era la única manera de abordar temas espinosos sin que se le atragantase al espectador. Ya en la primera temporada había momentos de absoluto ridículo, pero las malas decisiones empezaron a acumularse y el accidente mortal en coche del personaje de Steve Carell se sintió como si una enorme presa de agua no pudiese más y reventase en mil pedazos. Pero los espectadores, que somos muy morbosos, en lugar de empezar a mirar hacia otro lado, a prestar más atención a las notificaciones que nos llegan al móvil que a la caja tonta, nos regodeamos en el exceso, aprendimos a amar la serie no por lo que fue, sino por aquello en que se convirtió: un folletín con más altibajos que una montaña rusa y momentos de absoluta vergüenza ajena. “The Morning Show” es ahora mismo el placer culpable multitudinario más caro del mundo, y vaya si estamos disfrutando el viaje.
En su afán por sacar brillo tragicómico en el exceso y el caos, la tercera temporada ha sido una sucesión del más grande todavía. Y eso que su primer capítulo empieza por todo lo alto de una manera bastante literal. Porque, cuando ya lo has hecho todo, ¿qué queda? Ir a donde ningún periodista real o ficticio ha llegado, a la última frontera, al espacio exterior. Y lo consiguen gracias a la introducción de otro héroe de la edad de oro de la televisión de los (tardo)dosmil, Jon Hamm, que inicialmente se presenta ante el resto de semidioses como un magnate tecnológico con interés en la aviación aeroespacial. Imagina a un Elon Musk con carisma y mandíbula cuadrada a lo Chad, y ahí lo tendrías. De hecho, para no desentonar entre las Bradley y las Alex, con todo ese rollo santurrón, el tipo también parece muy interesado en la temática medioambiental. Luego, claro, acaba convirtiéndose en un villano de medio pelo al que las (malas) intenciones se le ven venir de lejos.
La introducción del billonario Paul Marks sirve a los guionistas para desplazar “The Morning Show” cada vez más lejos de los platós y más cerca de los pasillos. Esto se traduce en varias cosas. Por un lado, la serie pasa a entenderse también como “The Cory Ellison Show”, que vendría a ser el sueño húmedo de muchos que han visto en el personaje de Billy Crudup un objeto de adoración catódica. Y, ya lo sabemos, en las salas de junta es donde Cory se crece soltando frases bomba como “este jaqueo es nuclear” (sí, UBA también sufre un jaqueo) y, ojo, hasta interpretando en acústico y al piano junto a su madre una versión de “Ain’t No Mountain High Enough”. Se pagan cuotas de suscripción exactamente para esto. La llegada de Marks también implica que “The Morning Show” se ha convertido en la sucesora involuntaria, o quizá no tanto, de, ejem, “Succession” (Jesse Armstrong, 2018-2023) en tanto que thriller corporativo sobre las luchas de poder en gigantes de la comunicación y sobre gente asquerosamente rica actuando como auténticos capullos.
“The Morning Show” tenía en esta tercera temporada una oportunidad única para abordar con rigor temas tan candentes como la discriminación racial y el retroceso en derechos como el del aborto. Por supuesto, acabó cometiendo los mismos pecados que en el pasado. Porque, como siempre, por cada momento estelar hay otros de auténtico sonrojo. Al principio de la temporada, por ejemplo, una veterana de la junta de accionistas hace un comentario racista hacia una de las presentadoras de la cadena y todo se resuelve con esta última entrevistándola en lo que son minutos de oro de televisión tanto para la ficcional UBA como para Apple TV+, en forma de conversación sobre el racismo sistémico. Esa misma presentadora también protagoniza un momento viral, pintalabios en mano, al proclamar que “aborten al tribunal” (en alusión a la revocación del caso Roe versus Wade, que dictaminó que el aborto deja de ser un derecho constitucional). Pero, claro, luego hay un momento de auténtico bochorno en el que Yanko, tercera generación de cubano y un señor con múltiples ceros en su cuenta, se lleva la medalla de oro en las olimpiadas de la opresión. Es por todo ello un caso digno de estudio que una serie con tal acumulación de desaciertos se haya convertido en uno de los artefactos más adictivos de la televisión contemporánea. Y que vengan más temporadas. ∎