Serie

The Pitt

R. Scott Gemmil(T2, HBO Max)
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El trauma se ha convertido en un lugar común. Al menos así lo empezamos a tratar desde la crítica hace algún tiempo. Cuando creadores y artistas trataban de revalorizar todo tipo de creación apelando a lo que había en su fondo y su razón de ser (el trauma), se volvió jugoso hacer burla del hecho de que cualquier cosa (un juego de alienígenas, una película de superhéroes, una canción sobre sexo y droga) se protegiese con la misma coraza: el trauma, como suceso fundacional, provee al producto cultural de valor humano. En ausencia de ingenio de cualquier otra clase, justifica al menos su existencia en términos de necesidad: el trauma debe ser expresado y el arte, reducido en este gesto a instrumento terapéutico, queda demostrado como necesario.

Los que nos hemos inyectado en vena todas las series de médicos de la historia sabemos que el trauma es uno de sus ingredientes principales: no es la corriente subterránea que anima la construcción de los personajes, la razón por la que un hombre roto se comporta mal o una mujer neurótica toma malas decisiones; es el propio material desde el que se fabrican las tramas y las imágenes. La terapia (individual y grupal) está en el corazón del género, devaluándolo a priori ante los ojos críticos (algo tan banal como una telenovela no merece que se viertan ríos de tinta) pero convirtiéndolo en un éxito asegurado de las parrillas televisivas: lo que han denominado competency porn –el placer de observar a personas cualificadas haciendo bien su trabajo, de cuyo buen funcionamiento depende también el mundo real– es terapéutico en la medida en que nos invita a sentir control en un mundo incierto.

El milagro de “The Pitt” (2025-), serie creada por R. Scott Gemmill, ha sido reagrupar a las dos audiencias (la emocional y la crítica, la de la telenovela y la de las series de prestigio) en una sola masa viva y asombrada con esta serie de televisión. Frente a la atomización provocada por las plataformas, que dificultan la conversación social porque nunca hay dos personas viendo lo mismo, ha vuelto a reunirnos frente a la misma tele. Y esto no se ha logrado evitando el lugar común, sino lanzándose al barro y restregándose en él sin miramiento: dándonos médicos traumatizados por el peso de su trabajo, pacientes traumatizados por la enfermedad y los errores del sistema, una sociedad traumatizada por sus crisis y sus exabruptos de violencia (desde la pandemia del coronavirus hasta el tiroteo de la sinagoga Tree Of Life, pasando por una serie de eventos ficticios de la misma índole que van minando la salud mental de sus personajes) y encuadrándolos en la estructura más traumática de todas, el pulso hora a hora de una jornada laboral. Pero haciéndolo sin conformarse, tampoco, con la versión tragable del trauma: obligándonos a bregar con sus partes más complicadas y a medir adecuadamente sus efectos colectivos.

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En esta segunda venida de “Urgencias” (Michael Crichton, 1994-2009) –que elevó la ficción de hospitales de la categoría soap opera a la categoría de serie introduciendo el realismo formal y la indagación psicológica, convirtiéndose en lo más premiado de la televisión de su tiempo–, Noah Wyle, antaño un joven recién llegado al hospital, se reencarna en un adulto roto por el peso de la vida: su doctor Robby, que bien podría ser el icono creado por la tradición televisiva del competency porn, se ha convertido en un hombre. Sangra como nosotros sangramos. En la segunda temporada de la serie (2026), que sigue construyendo sobre el trauma de la anterior, se comporta de maneras miserables, como todo el mundo hace cuando algo le hiere profundamente. Aquí es donde la cosa se vuelve curiosa: enfrentada a un humano real, que sufre y que erra, la audiencia ha empezado a querer destruirlo. En redes sociales, el doctor Robby ha caído en desgracia y empieza a haber hambre de sacrificarlo por nuestros pecados. Queríamos realismo y ahora nos resentimos: no nos gusta mirarnos a nosotros mismos.

La segunda temporada de “The Pitt” sigue a un hombre teniendo un mal día. También refuerza su coralidad introduciendo nuevos personajes, como la doctora Al-Hashimi (Sepideh Moafi), que tensionan su identidad y añaden dilemas interesantes al funcionamiento del hospital y de sus jerarquías. Ya no cuenta con el factor sorpresa que, en la primera temporada, aportó asistir al minuto a minuto de este grupo de médicos vulernables y mal peinados sometidos a una presión inimaginable: en su lugar tiene que lidiar con los sentimientos que la audiencia ha desarrollado hacia los distintos personajes y que alimentan lo mejor y lo peor de la interacción fan. Pero no perdamos de vista el logro: tiene fans. No ofreciendo una visión edulcorada de una sala de urgencias, no jugando a lo superhumano ni apelando a la lágrima fácil, no olvidando la cinematografía, el guion, la obligación de tensionar las expectativas de la audiencia y de no convertirse solo en lo que quieren, sino en lo que necesitan. Siendo profundamente humana. Ha revivido la televisión y, pese a estas tensiones, exhibe todos los síntomas de buena salud que cabe esperar: estamos deseando que llegue el día de verla y comentarla con los demás. A lo mejor es simple por mi parte, pero no se me ocurre mayor éxito que ese. ∎

El drama de cada día.
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