Planteada en orden cronológico, a la vez que por temas, la exposición contiene varias de las fotos más significativas de Walker Evans (1903-1975), y ahí caben desde sus retratos de campesinos míseros en el sur estadounidense de la Gran Depresión hasta sus instantáneas de herramientas de bricolaje. Se abre con un autorretrato en sombras fechado en 1929, de reducido tamaño, y se cierra con otro autorretrato de similares dimensiones, esté realizado en 1973, en color y con una cámara Polaroid, técnica y captura del instante que el autor abrazó en sus últimos años.
Aunque inicialmente quería ser escritor y pasó casi todo el año 1926 en París intentando aprender la prosa y la lírica de Gustave Flaubert y Charles Baudelaire, Evans acabó decantándose por la fotografía cuando regresó a los Estados Unidos. Nunca olvidó la escritura: todos los reportajes que publicó en la revista ‘Fortune’, así como la mayoría de sus libros de fotos, incluyen textos del propio Evans, quien además se encargaba de la cuidada edición y conceptualización de los artículos y libros en cuestión para que llegaran al público en la forma en la que él había hilvanado el relato textual y visual.
Evans estuvo influido considerablemente por Paul Strand (1890-1976), precursor de la fotografía directa, documentalista urbano y del mundo rural como Evans, operador del filme mexicano “Redes” (Emilio Gómez Muriel y Fred Zinnemann, 1936) y director del excepcional “Native Land” (1942), documental sobre el activismo estadounidense. Junto a la fotoperiodista Dorothea Lange, autora de la icónica instantánea “Madre migrante”, tomada en la misma época en la que Evans retrataba las miserables granjas del sur del país, Evans se convirtió en el gran fotógrafo social de su tiempo. En la exposición pueden verse 19 de las fotografías que hizo para “Elogiemos ahora a hombres famosos” (1941), el proyecto de James Agee para el que el Gobierno Federal cedió a Evans como fotógrafo. Agee entrevistó y Evans fotografió en su hábitat durante el verano de 1936 a los miembros de tres familias de campesinos algodoneros de Alabama. El libro, con una escritura entre épica y combativa de Agee que alterna a Herman Melville con Henry David Thoreau, saldría a la luz en 1941 y captura con dolorosa precisión el sur desolado –como el resto del país– por el crac bursátil de 1929, y asolado por la pobreza y el dust bowl. Las fotos de Evans muestran habitaciones con una sola cama, botas de trabajo demasiado usadas, niños desnutridos que duermen al sol cubiertos por una gasa blanca, familias enteras que miran al objetivo de la cámara con una tristeza insondable, hombres y mujeres jóvenes a los que la miseria y el hambre han envejecido antes de tiempo, muebles ennegrecidos e improvisadas tumbas en medio de la nada. Este modélico trabajo de Evans sería fuente de inspiración para películas ambientadas en aquellos años como “Esta tierra es mi tierra” (Hal Ashby, 1976), sobre Woody Guthrie, y “El aventurero de medianoche” (Clint Eastwood, 1982). El libro con las fotos fue editado en castellano (Seix Barral, 1993), así como su complemento, “Algodoneros. Tres familias de arrendatarios” (2013; Capitán Swing, 2014), que contiene el informe periodístico previo que Agee había enviado a ‘Fortune’ y la revista decidió archivar, además de parte de las fotografías del libro original y otras no utilizadas.
Siempre le interesó retratar la vida cotidiana y aquello que resiste el paso del tiempo, ya fuera el rostro humano siempre anónimo, la arquitectura urbana o aquellos objetos que en aras de la modernización empezaban a resultar obsoletos para la gran mayoría. Sin atisbo alguno de nostalgia, un sentimiento que le ponía enfermo. La exposición contempla la evolución en este terreno y en distintos ámbitos: las fotos tomadas en Cuba en 1933; las de casas victorianas de Boston realizadas dos años antes; el recorrido por los circos y arrabales de Florida en 1941 –no contemplado en la exposición–; el fotoensayo “Chicago. A Camera Exploration” de 1947; los diversos estudios fotográficos de arquitectura; las capturas de emblemas, rótulos publicitarios, vallas comerciales, carteles de cine y escaparates de las ciudades, y el innovador enfoque de la cultura moderna del automóvil desde las ruinas de esa misma cultura en otro fotoensayo, “The Auto Junkyard” (1961-1962), sobre desguaces y vehículos oxidados en lugares olvidados del mundo.