John Banville se refiere a la última obra del escritor escocés William Boyd –nacido en Acra, Ghana, en 1952– como una novela sobre espionaje, no una novela de espionaje. Es un matiz importante. Algunas situaciones y pasajes, así como la configuración del personaje central, Gabriel Dax, un joven escritor de libros de viajes convertido en correo, más que agente, del MI6 (el servicio de inteligencia exterior del Reino Unido), pueden recordar a John le Carré y, con más distancia, a Graham Greene. Pero “La luna de Gabriel” (“Gabriel’s Moon”, 2024; Alfaguara, 2026, traducción de Laura Martín de Dios) es, como dice Banville, una historia en torno al espionaje –y de qué manera se fraguaba en los primeros años sesenta del pasado siglo– antes que una novela tradicional de espías. No es la primera vez que Boyd prueba el género, aunque en una de estas aproximaciones, “Solo. Una novela de James Bond” (Alfaguara, 2013), refundó a su manera el mito del agente 007: era una obra de encargo sobre Bond, pero le dio una entidad y una pulsión que, sin romper del todo con la mitología creada tanto por Ian Fleming como en la configuración cinematográfica de Sean Connery –en esos mismos años sesenta en los que ahora ambienta “La luna de Gabriel”–, le despojaba parcialmente de las principales señas de identidad que tuvo en la época en la que fue gestado.
Gabriel Dax no se parece en nada a James Bond, ni al Alec Leamas de le Carré –el nihilista protagonista de “El espía que surgió del frío” (1963)–, aún menos al George Smiley de este mismo autor y tampoco al flemático agente secreto de la novela de Greene “Nuestro hombre en La Habana” (1958). Dax llega al mundo del espionaje de rebote, de contrabando afectivo: conoce a una mujer mayor que él, se obsesiona inicialmente con ella, la ama después y es incapaz de decirle que no cada vez que aparece en su apartamento en el barrio de Chelsea para comunicarle que debe viajar a Cádiz o a Varsovia con el fin de realizar un sencillo trabajo para el MI6. Un trabajo menor que será clave en un complejo plan para él desconocido y para el lector, abstracto. En este terreno, el de la abstracción que genera poco a poco descubrimiento, se mueve muy bien William Boyd. Le interesa mucho más el terreno que pisa su balbuciente personaje, y el itinerario que se ve obligado a seguir, más que el desenlace operativo del mismo. Por eso es una novela sobre el espionaje –visto por alguien que no es espía profesional– antes que una historia de espías con sus situaciones más o menos esperadas.
Boyd mezcla estas peripecias al servicio del MI6 con aspectos de la geopolítica del momento –la situación en el Congo independizado y el asesinato de Patrice Lumumba; la crisis de los misiles en Cuba; la fallida operación estadounidense en la Bahía de Cochinos; los agentes dobles en lo más crudo de la Guerra Fría–, el trauma infantil que arrastra Dax y le impide conciliar el sueño –en 1936 se salvó del incendio de la casa familiar en el que pereció su madre–, las consiguientes sesiones con una peculiar psicoanalista alemana, la escritura de un libro sobre diversos ríos de todo el mundo y una situación doméstica que actúa a modo de metáfora: la presencia de un ratón en el apartamento del protagonista al que nunca consigue atrapar. La entrevista registrada en unas cintas que Dax le hizo a Lumumba poco antes de su muerte son el trasfondo, un ligero acicate para que los hechos empiecen a conectarse: el mundo capitalista y anticomunista no podía permitir que Lumumba, de ideas marxistas, controlara la mayor reserva mundial de uranio, lo que era el Congo en 1960. El imponente documental de 2024 “Banda sonora para un golpe de estado”, realizado por Johan Grimonprez, lo explica muy bien.
“La memoria es un perro que desea complacer a su amo”, recuerda Dax que dijo alguien sobre los complejos mecanismos del subconsciente. La memoria tiene un papel importante en la trama, porque el protagonista quizá tenga recuerdos que no sabe que tiene. Tan importante como esta frase de E. M. Forster que Dax evoca para resolver un conflicto: ante la disyuntiva de traicionar a tu país o a tus amigos, uno debía esperar a “tener el valor de traicionar a su país”. Dax puede llegar a esta consideración cuando asume que ha sido manipulado y usado a placer por casi todo el mundo. El autor de la reciente, itinerante y descomunal “El romántico” (2022; Alfaguara, 2025), un relato sobre el siglo XIX, y de “Un buen hombre en África” (1981; Alfaguara, 1987), su primera novela, centrada en los embrollos políticos en otro país africano, aborda con sencillez expositiva, prosa fluida, descripciones precisas y sorpresas justas una historia en la que la adrenalina del espía –alguien que nunca pensó en serlo–, la compulsión amorosa que desborda todo raciocinio –pero contada racionalmente– y la influencia funesta del pasado propio conforman los tres vértices de una narración tan desencantada como nada rugosa; rápida, certera y asequible. ∎