Libro

Xavier Baró

S’invoca joglariaFonoll, 2025

En la demoledora película “Dejad paso al mañana” (Leo McCarey, 1937), sus dos principales protagonistas –un anciano matrimonio que va a ser desahuciado– se enfrentan al egoísmo, también demoledor, de cuatro de sus hijos. “Se llevaron el libro, pero no pudieron quitarme el poema”, le dice ella a él hacia el final, poco después de que hayamos escuchado que 50 años pasan rápido, pero solo cuando eres feliz. A continuación, lo escucharemos a él cantarle a ella dentro de un taxi el estándar “Let Me Call You Sweetheart”, compuesto en 1910 por Leo Friedman y Beth Slater y popularizado en 1911 por The Peerless Quartet.

¿Por qué este autobiográfico libro del cantautor ilerdense Xavier Baró (Almacelles, 1954) me ha llevado a pensar en ese filme y viceversa? Entre otras cosas, supongo, por ser “S’invoca joglaria” una lectura que destila “humanidad, honestidad y calidez”, que es lo mismo que en su día apuntó Frank S. Nugent en ‘The New York Times’ al reseñar aquellos fotogramas de McCarey. Y, supongo también, por ver que tanto esa anciana pareja como Baró representan, a su pesar, unas maneras de sentir y de pensar en franco retroceso. No me atrevo a exagerar y soltar que son maneras que están en extinción, porque hay gente pa tó, como cuentan que le dijo el torero Rafael el Gallo a José Ortega y Gasset, aquel filósofo al que también se le atribuye lo de apuntar que “hoy se hace estilo, hay veces que el artista oculta la falta de densidad humana con el artificio”. Anótese, al leer ese hoy en esa última frase, que Ortega murió en 1955.

Un año antes había nacido Baró en Almacelles, Lleida, quien asume su arte y oficio –decir profesión o actividad comercial sería escupir a su obra y no haberle entendido nada– como una especie de embrujo que lo lleva a tener un pie en la tierra y el otro hacia el cielo, camino de flotar en la atemporalidad cual juglar que va cazando canciones como si fueran mariposas en el éter de la tradición. Sin fotocopiarlas ni imitarlas, sino adentrándose en ellas hasta convertirlas en unas (en otras) y convertirse él en uno (en otro) más de esa familia ancestral. Sin, y volvemos al párrafo anterior y a Ortega y Gasset, ocultarse con artificios.

Todo eso nos lo explica Xavier Baró a través de este recorrido de 200 páginas (en catalán) por su vida y obra, que se lee a veces como una road movie (que nos va llevando por las diferentes estaciones de su trayectoria, siguiendo caminos de amor y de tristeza, que diría él: el Madrid de la movida, el Rif africano, la Ibiza prehippy, un revelador Vigo y siempre, como un imán, esa Almacelles que es el centro de su universo) y que otras veces se lee como un antiguo libro de aventuras. El relato abarca todo el arco de su existencia, desde la infancia en un entorno rural –que dice recordar con “bombillas de poca potencia, su débil luz amarillenta, la calma inmutable, los días y las noches eternas, los hoy y los mañanas sin pinchos, cuando nada te hacía daño, con una languidez que te entraban ganas de cerrar los ojos”– hasta las sucesivas grabaciones de sus discos, contadas y descritas con aquellas humanidad, honestidad y calidez que os refería al principio del texto.

Lo hace con un logrado equilibrio que se adapta tanto al lector más melómano –que hallará párrafos donde se cita con sentido, son solo dos ejemplos, pues hay más, o bien lo que dijo en una entrevista el productor estadounidense David Briggs o bien un comentario de Bob Stanley en su libro “Yeah! Yeah! Yeah! La historia del pop moderno” (2014)– como a quien llegue a este libro sin tanto fondo musical, que me extrañaría que no quedase atrapado en su red de poéticas descripciones, que incitan a escuchar de qué nos está hablando. Aquí va la de “Quan vivia a la ciutat dels amants”: “Es de aquellas canciones que pasan desapercibidas, nadie me ha dicho nunca nada de ella, y la canté muchas veces en directo. Larga, un poco surrealista y llena de movimientos como una sinfonía primitiva de bolsillo; la letra no pierde nunca el hilo, como si la melodía la llevara dentro. Es una de las mejores canciones que he hecho, inspiración y artesanía perfectamente hermanadas. Cada vez que la canto he de cerrar los ojos y siento que me he curado”.

Para acabar esta reseña, un extracto donde se manifiesta el profundo (y reiterado, tal vez demasiado a lo largo del libro, cuando ya nos había quedado claro a las primeras de cambio) rechazo que Baró siente hacia la industria musical. “No le gustan las canciones largas ni ásperas, ni las canciones caídas de la higuera. Dentro de su marco solo está la cancioncita de la cotidianidad intrascendente más muerta que una momia (…), la canción sin pasado ni futuro, impermeable a la realidad y las diferencias, tan vacío como un spot publicitario, siempre con la misma puesta de sol de Photoshop: hay una canción que no deja huella en la memoria cósmica, que no es absorbida por la raíz del olivo mágico, y hay otra que sí”. Si has visto la recién estrenada “Valor sentimental” (2025) del noruego Joachim Trier, entenderás por qué este último párrafo me ha hecho pensar en un pasaje del final de esa película relacionado con la casa familiar, la de color rojo. Y también por qué me gusta tanto Baró, y esa gran frase que en cierta forma tan bien lo define, a él y a su obra, la de “se llevaron el libro, pero no pudieron quitarme el poema”. ∎

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