Aldous Harding es una de esas artistas que obligan a tomar una decisión bastante pronto: o entras en su mundo raro con cierta confianza o te quedas fuera mirando cómo una mujer neozelandesa canta como si acabase de despertarse de una siesta muy seria. “Train On The Island” es su trabajo más completo y, también por eso, su trabajo más raro.
Lo interesante de Harding es que su excentricidad nunca termina de comportarse como un disfraz completo. Hay artistas que parecen llevar un cartel luminoso encima diciendo “ciudado, soy muy peculiar”. Ella no. Harding se mueve más bien como alguien que ha aceptado que su cabeza organiza el mundo de una manera ligeramente torcida y ha decidido no traducir demasiado. Por eso sus canciones pueden parecer acertijos, pero en este disco todo parece un poco más cerca, menos encapuchado, más luminoso.
El trabajo arranca con “I Ate The Most”, probablemente una de las canciones más desconcertantes y mejores que ha escrito Harding. La letra mezcla imágenes de infancia, trastornos alimenticios, medicación y relaciones familiares sin explicar nunca del todo cómo encajan entre sí. “Sometimes I eat till I vomit”, canta en uno de los versos más directos que ha escrito jamás, antes de pasar a frases infantiloides como “I’m nine and I love my mommy”. La canción parece hablar del cuerpo y de crecer sintiéndote incómoda dentro de él, de la pérdida de ciertas formas de protección infantil y de la manera en que la memoria mezcla vergüenza, humor y ternura sin demasiado orden lógico. Y quizá si mola tanto es porque cuesta encontrar a una mujer de su edad que no haya pasado por un TCA y no lo haya tratado con sorna delante de la psicóloga.
A partir de ahí, todo sigue igual de incómodo y sórdido. En “One Stop”, Harding recuerda haber conocido a John Cale en un backstage y resume el momento con una frase tan concreta como extraña: “I met the real John Cale, I packed the stage while he ate rice”. La canción empieza casi como una pieza de cantautora con piano, pero se va torciendo hasta colocarse en un lugar entre el chamber pop, el folk psicodélico y una especie de prog doméstico. En ese sentido, la producción de John Parish vuelve a ser fundamental: hay una línea bastante clara que conecta a Harding con PJ Harvey, Cate Le Bon, Jessica Pratt, Vashti Bunyan o incluso algunas zonas más elásticas de St. Vincent, pero “Train On The Island” nunca se convierte en catálogo de influencias.
Por otra parte, “Worms” tiene algo de balada country, “Venus In The Zinnia” (con H. Hawkline) funciona como una conversación twee entre dos personas a través de una escritura muy clásica, y “San Francisco”, en cambio, empieza suspendida sobre teclados y guitarras muy contenidas hasta que reaparece el estribillo de “One Stop” (“Why wouldn’t I wanna meet you?”), transformado aquí en algo mucho más desesperado y obsesivo.
También hay humor, que es importante. “Train On The Island” está lleno de máscaras, pero también de canciones muy bien escritas debajo. Es el tipo de disco que parece pequeño hasta que te das cuenta de que lleva días ocupando espacio en tu cabeza. No porque sea hermético, sino porque sus imágenes se quedan ahí, funcionando como recuerdos que no sabes si son tuyos. Y probablemente algo de tuyo haya. Porque Harding, como todas, es la más rara. ∎