“Cada vez que te veo lo entiendo” es el tercer álbum de Amaia Miranda, un disco luminoso, frugal y mínimo en minutaje, rasgos que no hacen de él un ejercicio minimalista, ni mucho menos, pero que supone un indudable paso adelante en su recoleto camino discográfico iniciado no hace tanto con los EPs “Home” (Autoeditado, 2017), único cantado íntegramente en inglés –ya saben que quien no yerra de joven lo hará después–, el precioso instrumental de tres canciones “O U T P U T 1” (Autoeditado, 2020) y “O U T P U T 1-8” (Vida, 2022), que consistía en una pieza unida de 14 minutos. “Cuando se nos mueren los amores” (2022) y “Mientras vivas brilla” (2024) son los dos álbumes precedentes de la bilbaína. A diferencia de los EPs comentados, muestran un mundo distinto con las palabras y una evolución visual donde su rostro, aun entre sombras, al fin aparece de frente.
Como Amaia Miranda ha dicho alguna vez, no hace falta demasiado para hacer buena música. Esto es cierto, pero nos movemos en el terreno de lo intangible y entonces empiezan a surgir elementos diferenciales más allá del virtuosismo técnico, un aspecto básico en el que ella va más que sobrada. Entre aquellos podríamos resaltar esta vez estratos como la expresividad líquida de su voz, a veces casi un instrumento más, los diferentes colores que imprime a las guitarras –también eléctricas– y un ritmo interior que lo une todo, la sutilidad orgánica de los arreglos o el protagonismo compartido de los espacios sonoros con las melodías.
Los dos elepés previos fueron grabados en directo hasta que las tomas “verdaderas” convencieron a su autárquica compositora. En esta ocasión ha querido acompañarse de Nacho Mur –La M.O.D.A.–, que aporta guitarra, mandolina y producción compartida con Amaia. Su primera decisión fue abrir las ventanas a cierta experimentación, nuevas texturas y las densidades que se encuentran al trabajar en compañía. Por ellas se han colado los trinos, kikirikis y zumbidos audibles en “Canción de la juventud”, tema que recuerda a algo apócrifo de un Amancio Prada pensando tal vez en Teresa de Jesús o a las maquetas caseras de Nick Drake, solo que mucho mejor grabadas con micrófonos de cinta y poco más.
Otra novedad son las voces sampleadas, en concreto la de Gloria Fuertes (1917-1998). “Entre mi sangre y el llanto” es un verso de “Pienso mesa y digo silla” (1958) y en ella se la escucha decir: “Entre mi sangre y el llanto hay un puente muy pequeño, y por él no pasa nada, lo que pasa es que te quiero”. Sumergida en hermosos arpegios, Miranda lo atraviesa –“cruzo para verte”– creando una de sus piezas más memorables en cuyo final la rapsoda de Lavapiés resurge para recitar los contrastes de “Poeta de guardia” (1968): “¡Otra noche más! ¡Qué aburrimiento! ¡Si al menos alguien llamase llamara o llamaría!... ¡La portera! Que si su nieta pare, y recordase que soy puericultora… O un borracho de amor con delirium tremens”.
También el vasco percute con sus enigmáticos fonemas en el soportal idiomático de Miranda, esta vez en dos canciones, la intensa“Amak dio” –“Dice la madre”– y “Bizipoza” –“Alegría de la vida”–, pero lo que resulta inédito del todo es el tono andaluz de canciones como “Bolero de plata”. “No todo es quererse” habla de separación, “Ojalá pudiera saber” lo hace de esperanza, “A las mías” de la amistad, “Cada vez que te veo lo entiendo” de un conocimiento que no se adquiere en los libros sino tirando de experiencia. Son canciones intimistas y transformadoras procedentes de una joven cantautora milagrosamente refractaria a la cursilería populista, al sentimiento facilón, a los lugares comunes o al exhibicionismo guitarrístico. No es sencillo construir catedrales de sonido y sentido con trocitos de madera y unas pocas cuerdas. Amaia Miranda sigue levantándolas gracias a una nueva madurez y a su fe indestructible en esta música ajena a las modas, sensual y cenobial, nacida a ras de tierra para volar alto. El día que se atreva a hacer un “Bryter Layter” (1970) lo celebraremos, mientras tanto “Ternura”, solo tarareada y con apenas dos minutos de consonante belleza, compensa la espera. ∎