Disco destacado

Anna Ferrer

PALa Castanya, 2026

Emocionar con las manos vacías: recuerdo leer esta expresión en una crítica de un disco de Beat Happening (aparentemente, nada que ver con esto) en un Rockdelux de 1992 (sí, allá por el pleistoceno superior), y se me quedó tan grabada que me ha venido inmediatamente a la cabeza al encarar el tercer álbum de la menorquina Anna Ferrer. A continuación, descubro que Pedro Sánchez –nada menos– recomendó públicamente su disco cuando visitó el último Primavera Sound (imagino a Feijóo, el fan de Bruce Sprinter, comentando lo mismo, y me entra la risa), citando su compromiso social, y pienso que ojalá supusiera un empujoncito de repercusión popular –dejemos al margen otros descréditos– para un álbum tan singular, sentido y artesanal como este. Un cegador destello de Mediterráneo hecho disco.

Ya lo avanzó hace unos meses en canciones como “No ven más cien ojos”, con esas máquinas de hacer pan convertidas en percusionistas caseras e inopinadas de una canción con sabor a hogaza crujiente (para quien no haya caído, “PA” es pan en catalán, y aquí tributa al oficio de sus ancestros, cuatro generaciones de panaderos), fluyendo con naturalidad, hondura telúrica y la tersura orgánica de una guitarra acústica y unas palmas, subrayando una melodía a la que atisbo cierta sensibilidad compartida con el fado. Porque este es un trabajo que redimensiona su amplitud en su propia mediterraneidad: la electricidad de la vibrante “Son tus manos las primeras” enlaza con los sonidos más galvánicos del Magreb. Y yendo más lejos aún, trascendiendo ese marco mental en forma de mar, “Yeri Yeri” remite a un canto tradicional armenio que acompaña la elaboración del pan lavash.

Amasando la tradición. Foto: Ernesto Artillo
Amasando la tradición. Foto: Ernesto Artillo
Las polifonías solemnes de la inaugural “Ses porgueres” nos ponen en situación, y desde ahí en adelante no hay un solo momento de rutina. Anna Ferrer tiene una voz privilegiada –tan convincente en catalán como en castellano– y va sobrada de recursos y registros estilísticos, pese a lo escueto de su economía de medios, tocando la fibra por igual al mando de una guitarra eléctrica (“Aigo”), de una acústica (“laia”, “Los panes los hijos”) o de un piano (“Todas las masas”, “Yo quiero ser una vaca”). Su ceremoniosidad nunca suena impostada: atended a “Sacrament”. Ni su arrullo en honor a la tradición familiar: “Nana des Forner” transmite una emotividad desnuda y desenvuelta, sin trampantojo alguno. Más o menos como “Son”, precioso y preciso cierre a un compendio de trece canciones que lo primero que tienen claro es de dónde vienen para saber hacia dónde se dirigen y cómo se sitúan en el mundo, y que merecen figurar en la parte noble de la cosecha estatal de este año. ∎

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