Bastan poco más de treinta segundos para salvar el vértigo y disipar cualquier sombra de duda tras trece años de silencio. Ese medio minuto de arpegios de sintetizador analógico de “Introit”, dispuestos sobre el crepitar de la cinta magnética y encadenados en un patrón melódico que asciende y desciende sobre un compás de 5/4, es inconfundible y podría haber abierto cualquiera de los otros discos de Boards Of Canada a lo largo de los últimos treinta años. Es una cápsula de nostalgia –como la música de cabecera de un programa divulgativo pagado por una agencia estatal en los setenta o una sintonía corporativa ilustrando imágenes de cadenas de montaje en el apogeo industrial de décadas pasadas– que subraya la misma ambición de fabricar algo tan reconocible como remoto, completamente fuera del tiempo, que ha alimentado a los hermanos Michael y Marcus Eoin Sandison desde “Twoism” (1995).
Puede que Boards Of Canada no se hayan movido demasiado de las mismas coordenadas que llevan manejando desde el principio, en las que volvieron a reafirmarse en “Tomorrow’s Harvest” (2013), pero el mundo de hoy sí es distinto al de entonces. Ha cambiado a peor y parece sumido en el nihilismo: sucumbiendo a la degradación de las democracias occidentales, el genocidio, el colapso climático, la pujanza de la industria armamentística, el imperio del turbocapitalismo y el tecnofeudalismo. Si aquel álbum servía como advertencia ante crisis futuras a las que la humanidad parecía avocada y que alimentaron la ciencia ficción de tintes distópicos hace décadas, “Inferno” ciñe su temática a la raíz de la violencia, el abuso y la injusticia en que vive sumida nuestra civilización: el fundamentalismo religioso y el miedo como un mecanismo de control.
“Tomorrow’s Harvest” –un retorno magnífico tras los ocho años que lo separaron de “The Campfire Headphase” (2005), el punto más bajo en una trayectoria prodigiosa– reforzó las constantes sonoras de Boards Of Canada con recursos mejorados, aprovechando el gran salto tecnológico en creación y procesamiento de audio que se había producido en el lapso de tiempo que los mantuvo en la sombra. En aquel momento Sandison y Eoin decidieron centrarse en el diseño sonoro, el maridaje de las técnicas digitales y el grano de las grabaciones analógicas, ampliando la profundidad de campo y la definición del sonido, sumergiéndose en un tono más oscuro y amenazante.
Sin desdeñar la importancia de la producción en “Inferno”, cuya máxima absoluta ha sido ensanchar el espectro de audio y replicar la alta fidelidad de las grandes grabaciones de estudio de los setenta, dejando a un lado el contraste, la saturación y la nitidez de los acabados digitales, es evidente que su prioridad aquí ha sido la composición, insistiendo en desarrollos trepidantes y el calado melódico.
Las sombras ondulantes del ney, una flauta antiquísima de Oriente Medio, preceden a la catarsis rock de grandes proporciones que se precipita sobre “Prophecy At 1420 MHz” con lo que parece una batería en vivo (o su emulación sintética perfecta). En ella Sandison y Eoin saldan la deuda con una vieja obsesión suya, que ya marcó “The Campfire Headphase” y que no llegaron a culminar entonces: conseguir sonar como una banda. Ese vigor, esa tensión y ese rango se mantienen a lo largo de todo el minutaje, pero su ímpetu sobresale en el vértigo de dos temas colosales sobre los que se desencadena el tramo final del álbum como si se deslizara la clave de una trama de ciberespionaje o una gran conspiración política: “All Reason Departs” y “Arena Americanada”. El primero de ellos recoge las palabras turbadoras de Aleister Crowley sobre la transformación alquímica como una vía para alcanzar la iluminación a través del sacrificio humano.
La influencia más clara en esos y otros muchos momentos a lo largo de estos setenta minutos está en la huella de las bandas sonoras de los blockbusters del Hollywood de los ochenta, concretamente de las sinfonías sintéticas que Tangerine Dream idearon para los thrillers de Michael Mann. También en la melancolía sintética de Vangelis, la ostentación melódica de Harold Faltermeyer y el tenebrismo de John Carpenter.
Esos recuerdos persistentes, reflejos de gran música ajena del pasado, no opacan un lenguaje propio que brota con más fuerza que nunca. Y quizá sea la confianza que les han dado las décadas y su innegable estatus de culto, sin importar cuanto tiempo haya pasado sin un disco suyo, lo que les ha permitido reverenciar a esos iconos con tanta libertad.
Como ya ocurría en sus otros discos, es en los pasajes ambientales, completamente desprovistos de ritmos, donde Sandison y Eoin encuentran la pureza y la plenitud de sus melodías, completamente anegadas por la melancolía. “Inferno” reúne parte de la música más bella que jamás han hecho juntos: está en los coros que apuntalan el discurso iniciático, suplicando al cielo con los brazos abiertos, de “Age Of Capricorn”, en las guitarras deformadas de “Somewhere Right Now In The Future” , que parecen invocar la elegancia florida de Robin Guthrie, en el vacío flotante de “Memory Death”, roto por el eco lejano de un monitor cardíaco, o en “Deep Time”, absolutamente estremecedora.
Esa pulsión melódica, decididamente pop, también late en la magnífica “Father And Son”, donde los extractos robotizados del diálogo escalofriante de una familia arrasada por una secta se enredan en las secuencias de ritmos procesados. O en “Naraka”, cuyo título se refiere al reino del sufrimiento que debemos atravesar para limpiar nuestro karma antes de reencarnarnos, según el hinduismo, el budismo y el jainismo, y que fabrica un himno trascendental con los cánticos de los Hare Krishna.
Es imposible despegar “Inferno” del momento en el que ve la luz: con Estados Unidos sumido en una cruzada cristofascista que se ha venido fraguando durante décadas desde los nódulos más radicales y nocivos de las megaiglesias evangélicas, pentecostales y baptistas. Las alusiones a la fe como un instrumento de manipulación y sometimiento están ahí, pero Sandison y Eoin pretenden ir más allá, hacia la profundidad de la psicología humana, capaz de albergar visiones monstruosas de la divinidad. Y parecen entender el caos, la destrucción y la muerte como un ritual hacia la purificación, hacia un nuevo comienzo. De no ser así, no sería posible entender el aura de esperanza que atraviesa buena parte de esta música y que se concreta en los dos últimos cortes del álbum: “You Retreat In Time And Space”, saldada con una melodía de sintetizador que rememora la inocencia del principio y se cuenta entre las más bonitas que han compuesto nunca, y “I Saw Through Platonia”, de ambientes tornasolados, cortados por el latido de un corazón humano.
El triunfo de Boards Of Canada está en haber sabido construir una mitología propia capaz de llevar su música mucho más lejos. Esa narrativa inherente a todo lo que hacen, plagada de referencias esotéricas y políticas, es inextirpable de su música. “Inferno” es un álbum tan poderoso porque su discurso es más rotundo y está en el centro de todo, encarnado en las voces recurrentes de personajes obsesionados con el culto a un Dios omnipotente y la salvación en un mundo en llamas. También al misterio de la creación, al que alude la narración del desarrollo de un embrión humano, tomada de un documental divulgativo de la Universidad de Indiana de los años ochenta e insertada magistralmente en el pulso robótico de “The Word Becomes Flesh”.
La ambición y la magnitud de estos setenta minutos, así como su resonancia en el momento histórico al que nos ha abocado el presente, son incomparables con nada que Sandison y Eoin hayan hecho antes. “Inferno” está a la altura de su leyenda, es capaz de valerse ante la pegada, el misterio y la imaginación desbordante de “Music Has The Right To Children” (1998) y “Geogaddi” (2002), y culmina la construcción de un imaginario y un legado que roza las tres décadas, pero que merece perdurar para siempre. La nostalgia, la extrañeza, la distopía y la conmoción siguen intactas en esta música que parece rescatada de un archivo subterráneo pero que inevitablemente está unida a nuestro destino. Y es seguro que nos sobrevivirá, como el banco mundial de semillas de Svalbard. ∎