La australiana Carla dal Forno es de esas artistas que se construyen un mundo propio ajeno a vaivenes de las modas del momento. En su cuarto álbum sigue con ese minimalismo sonoro, con el bajo en primerísimo plano, la voz en ligero reverb y un silencio latente entre notas; características que llevan a los etiquetadores más perezosos a mentar esa denominación compuesta con el prefijo que indica posterioridad y la palabra corta que los Sex Pistols ayudaron a popularizar. Tal adjetivo aquí solo serviría en un sentido muy vago y de un modo periférico. En verdad, la antena de Carla capta las ondas eternas de ese pop melancólico y espectral que va desde las baladas de Roy Orbison a las torch songs de Lesley Gore, pero traído hasta estos días con esa distancia del drama de, por ejemplo, unos Broadcast. Pero en lugar de beber directamente de los cincuenta y los sesenta, ella siente el influjo del menos es más de bandas protoindies como Young Marble Giants. En este álbum, aunque sigue en sus trece con su austero sonido, se nota más claridad y precisión en la producción, de un tono más lo-fi en sus anteriores trabajo, en un formato más electrónico y experimental en su debut “You Know What It’s Like” (2016) y de un modo más orgánico en “Come Around” (2022), su anterior LP.
Además, aquí hay una historia que hilvana el álbum. A diferencia de la moda del celibato voluntario que han popularizado recientemente varias artistas, Carla cuenta el relato de un enamoramiento inesperado. En la inicial “Going Out”, en la que bajo y caja de ritmo dibujan un sensual ritmo a medio tiempo, nos cuenta el flechazo con una persona amiga suya que parece no darse por enterada (y ella nos cuenta con convicción que no se le va a escapar). En la canción que titula el disco, confiesa que tras un primer encuentro, el objeto de su deseo se muestra distante y parece evitarla; ella no se lo quita de la cabeza y lo cuenta en una deliciosa y sugerente balada que Morrissey y Johnny Marr hubiesen firmado encantados para Sandie Shaw.
Otro claro referente sugerido por ese pop ingrávido y onírico que factura la artista de Melbourne es el de Julee Cruise y, como ella, encajaría bien surcando el ambiente en una película de David Lynch. Donde más se nota es en la bonita “Under The Covers”, una celebración de los momentos domésticos de intimidad con ese nuevo amor que, en “Nightime”, se convierte en una llamada al placer cuando caen las inhibiciones (cuando es de noche, como decía aquel) sobre un pulsante ritmo dub. El acercamiento al cadencioso latido jamaicano se hace notar más en alguno de los cuatro interludios instrumentales, como en “On The Ward”, con la tonada dibujada por la melódica como guinda.
A Dal Forno le gusta jugar con los contrastes. Así, la canción con más pegada pop y un tono más alegre es, en realidad, en la que muestra los primeros síntomas de decepción con su nueva relación. Y es que los “Blues Skies” a los que alude el título del tema son los de los primeros momentos que ya se fueron. O no del todo: la cadencia nocturna de “Alone With You” anuncia la restauración de la llama perdida. Finalmente, la ambigua y fantasmal “Gave You Up”, con Carla a la guitarra acústica, cierra la puerta, pero no con llave. Ese amor ya abandonado está durmiendo de nuevo en su cama en uno de los últimos versos. Ese aire de indefinición y de final no cerrado encaja muy bien con la música de Carla, una música cargada tanto de misterio como de incitación y sugerencia. Cualquiera le dice que no. ∎