Con el nuevo disco, “Who Loves The Sun”, viene bastante al pelo recordar que Chat Pile se llaman así por las enormes escombreras de residuos tóxicos que dejó la minería de plomo y zinc en Oklahoma. Algo de ese paisaje industrial, degradado y difícil de apartar de la vista se les quedó pegado a la música desde el principio. También está aquí, aunque esta vez da la impresión de que han abierto alguna ventana y aquello respira un poco más. Después de “God’s Country” (2022) y “Cool World” (2024), el ruido sigue, las guitarras de Luther Manhole raspan, Stin y Cap’n Ron forman una sección rítmica que puede ponerse bastante bestia y Raygun Busch es capaz de empezar medio murmurando y acabar pegando un grito dos compases después, algo que ya dejaron claro en su paso por Primavera a la Ciutat el año pasado. Dentro de lo que cabe cuando hablamos de Chat Pile, aquí se dejan querer bastante pronto.
“Creature” arranca contenida y no tarda demasiado en colocar las ciudades bajo el agua, los animales camino del matadero y el mundo cubierto de ceniza. “Please don’t say we couldn’t stop this”, canta Busch, y tampoco hace falta mucho más para saber por dónde van los tiros: la catástrofe está delante y alguien tendrá que hacerse cargo. La percusión lleva buena parte del arranque y la canción va apretando alrededor de la voz hasta ponerse bastante más violenta. En “Deep Blue”, las pantallas y esa obligación tan conocida de poner buena cara y seguir funcionando acaban en una línea estupenda –“Might be a bug now but I still gotta get to work”–. Cuesta no pensar en Gregor Samsa, que en “La metamorfosis” (Franz Kafka, 1915) se despierta convertido en un insecto y aun así sigue preocupado por llegar al trabajo.
En “PEN I S MALL”, que os adelantamos aquí, el malestar laboral se vuelve mucho más concreto con esas guitarras sludge, ese bajo tan áspero y una batería contundente que empuja el tema hacia delante. Greg y Ray trabajan en el mismo centro comercial: Greg cumple, obedece e incluso delata a Ray por estar leyendo durante la jornada, aunque la propia canción recuerda que ambos viven sometidos a la misma autoridad. El título procede de un cartel vandalizado del Penn Square Mall de Oklahoma City y aquel centro comercial termina pareciendo cualquier cosa menos un lugar feliz: “Hard to think that your whole life can pass / As a series of acts of subordination”. Bastante mala leche y bastante noise, como corresponde.
En otros momentos aflojan un poco. “Same Rules” avanza sobre una base casi hipnótica, “Shrine” tiene una melodía que casi sorprende viniendo de ellos e “Intruder” se acerca al indie rock antes de ponerse bastante más turbia al final. En esta y también en “Influence” aparecen Claire Hannah y Brittany Sawtelle, de Nightosphere. “Christabel ’26” vuelve a cerrar las paredes: alguien entra en casa, sustituye a los amigos y, cuando quieres darte cuenta, todo se ha vuelto raro. El bajo y la batería tiran de la canción mientras alrededor parece que las cosas empiezan a desmontarse. El título remite al poema de Samuel Taylor Coleridge y lleva esa idea de dejar entrar una presencia extraña en casa hasta un presente lleno de teléfonos y otros dispositivos.
“Family Funeral” todavía se pone más fea. Chat Pile recuperan aquí el noise rock más abrasivo y una estructura menos convencional: la canción avanza sin volver apenas sobre sus pasos hasta recuperar el riff inicial cerca del final. Empieza hablando del amor como algo terrible y absorbente y termina metida de lleno en “Medea”, de Eurípides: la nueva esposa, el vestido y la corona envenenados, los hijos muertos, el cuchillo. Busch repite tanto eso de “I needed to hurt you” que al final da la sensación de que una buena nos llevamos nosotros también.
Y después aparece “October All The Time”, guitarra acústica por delante y un aire entre slacker rock y slowcore que corta de golpe con todo lo anterior. La letra insiste en que todo estará bien y que el sol seguirá brillando aunque octubre dure para siempre. Suena casi tranquilizador hasta que te enteras de que Busch ha explicado que la canción habla de asesinatos y que la canta desde la derrota. Ese final raro le sienta estupendamente a “Who Loves The Sun”, un disco duro y, al mismo tiempo, bastante más accesible de lo que uno podría esperar, con más melodía aunque siga metiendo las manos en terrenos poco amables, apagados y desolados. Por momentos, podría ser la banda sonora de “Momo” (Michael Ende, 1975), donde todos siguen funcionando mientras cada vez nos queda menos vida propia. Por eso avisamos: salir indemne de este álbum ya es otra cosa. ∎