Después del relativamente divisivo
“Bloodmoon I” (2021) –colaboración con Chelsea Wolfe cuyo cariz más atmosférico, gótico y
doomero dejó un poco fríos a algunos fans–, parecería que los de Salem han decidido regresar a “lo que se les da bien” sin alejarse en exceso de sus zonas de confort (incluyendo, por desgracia, su devoción por portadas artísticamente rancias). Aquí abundan la abrasión y el vigor, pero escasos son los momentos de experimentalismo timorato –más palpables en
“The Dusk In Us” (2017)– o de mareante virtuosismo técnico –como en
“Axe To Fall” (2009), quizá su último trabajo auténticamente mathcore–. Pero sigue tratándose de
Converge: incluso en su versión más conservadora, siempre acuden a sus citas discográficas con elevadas cantidades de precisión, profesionalidad, sudor,
riffs, ideas y dislocaciones cervicales.
Las cuatro pistas fugaces que abren el disco conforman la traca más
moshera que ha urdido el grupo en mucho tiempo, con huellas perceptibles de crossover thrash. En la inicial
“Love Is Not Enough”, el siempre entregadísimo vocalista Jacob Bannon rezonga sobre cuán necesario es llevarse unas cuantas hostias en la vida: no todo puede ser amor y protección. Rabiosa y pegadiza, la canción es, adecuadamente, un buen sopapo de
headbanging raudo con minisolo guitarrero de tufo retro. La cosa se vuelve más crujiente y ralentizada en
“Bad Faith”, descarnada intersección entre death y groove metal inspirada en Entombed (concretamente en “Wolverine Blues”, que de hecho versionaron hace unos años en un
split con Napalm Death) que saca a relucir la batería sin piedad de Ben Koller y unas intensas letras sobre una grave crisis de pareja, temática que ya abordaron anteriormente. Completan el asalto inaugural dos piezas que recurren a métodos distintos para usurpar el aliento: la pura masturbación hardcore
“Distract And Divide”, unos sucios correteos de ritmo hiperacelerado interrumpidos por un
breakdown prototípico, pero increíblemente placentero; y
“To Feel Something”, donde en apenas dos minutos visitan varias secciones de morfología distinta, incluyendo unos “estribillos” (por llamarlos de algún modo) verdaderamente punzantes y angustiosos. En la primera, Bannon nos ametralla con pinceladas de crítica social (manipulación tecnológica, mentiras mediáticas y complacencia del público, etc.); en la segunda, retrata la claustrofobia abstracta sufrida por una pobre alma enajenada emocionalmente.
El entreacto atmosférico
“Beyond Repair”, claramente fruto de bricolaje improvisado en el estudio (festival de pedales, sintetizadores fantasmagóricos, batería tribal con cascabeles), sirve como descansito-relleno antes de la irrupción de dos ejemplos paradigmáticos de cómo el grupo puede coquetear con la desgana compositiva sin nunca dejar de ser absolutamente eficaz y certero a nivel interpretativo.
“Amon Amok”, una pista de compás moderado donde la contundencia prima sobre el caos, acaba resultando un poco redundante, aunque va bien surtida de
riffs mastodónticos y, en su último tramo, de una magnética percusión fabril con vaivén de platillos;
“Force Meets Pressure” también entretiene con sus jugueteos vocales de llamada y respuesta, aires
thrasheros a lo Megadeth e instrumentación quirúrgica (ese amago de
blast beats al final...) sin nunca salirse de los parámetros esperados –ni tampoco, todo hay que decirlo, alargarse demasiado–.
La banda revigoriza su ingenio en la parte final del disco, que contiene los temas más longevos, hirientes y peculiares.
“Gilded Cage”, un suspiro amargo contra la crisis de los opiáceos y la inhumanidad de las grandes farmacéuticas en su creación de dependencias, resulta especialmente inusual: el rasgueo nervioso de una guitarra que esboza cortinillas descendientes (Kurt Ballou en su estado más elástico), el simple e hipnótico fraseo reiterado de bajo, la encarnación más aguda y quejumbrosa de la voz de Bannon... Con estos ingredientes se erige una pieza de post-hardcore seudo-
fugaziano que, incluso cuando deviene más rabiosa, preserva su interés por las texturas, los ángulos cerrados y las dinámicas en tensión, en la línea de su propio “Hell To Pay” en
“Jane Doe” (2001).
“Make Me Forget You”, con sus letras sobre el remordimiento de no haberse atrevido a apostar por un amor y cómo esto contribuye a una sensación creciente de vacío con el paso de los años, merece el premio al corte más épico y triste de todo el álbum. La primera mitad canaliza la ansiedad de lo evocado líricamente –un elegante brío atropellado– antes de que, luego de un parón total, estalle la catarsis depresiva –momento en el cual la banda rebaja la velocidad y aumenta los decibelios para básicamente transformarse en Neurosis–.
“We Were Never The Same” –reflexiones a corazón abierto de Bannon sobre la pérdida y el duelo– es el noqueo final: un estribillo feroz, la agresión constante de Nate Newton al bajo y las misteriosas cuchilladas de Ballou en sus últimos trazos sobre el mástil.
Apenas superando la media hora de duración,
“Love Is Not Enough” puede verse como un empaquetado reluciente y conciso de los distintos caminos ya explorados por el grupo, así como de las raíces originarias de su metalcore particular: la tríada hardcore punk, sludge y thrash. Es, por consiguiente, una escucha variada y festiva, nunca falta de energía ni de destreza musical, que, si bien comprende más puntos álgidos (un puñado) que instantes vergonzosos (ninguno), tampoco reventará la cabeza de nadie. Y es que, a más de treinta años de su debut, y ante semejante sólida carrera, tampoco nos perturba que la principal fuente de inspiración de Converge sean ellos mismos. ∎