El canadiense Daniel Lanois (Hull, Quebec, 1951) comenzó a trabajar como productor a los 17 años, y su nombre despuntó en esas funciones antes que como músico o compositor y por eso tiene una discografía tan escueta pese a sus casi 75 años de edad. De hecho, antes de lograr hacerse un nombre popular como productor –y, posteriormente, como artista en solitario–, ya había colaborado con el maestro, si no el inventor, de la música ambient, Brian Eno, y con Jon Hassell. Y todo se desmadró cuando este le invitó a coproducir con él “The Unforgettable Fire” (1984) y “The Joshua Tree” (1987), los álbumes decisivos de la carrera de U2. Solo después de estos bombazos se decidió a debutar como músico y cantante en solitario con “Acadie” (1989).
En 2005, después de otros dos álbumes de canciones, Lanois quiso volver a sus “raíces” con Eno y lanzó “Belladonna” (2005), su cuarto álbum, un disco instrumental en el que destacaba como un guitarrista delicado y atmosférico, con la pedal steel y diversas guitarras slide, entrelazando delicadas figuras sonoras. Y ahora, dos décadas después, aparece su noveno disco, “Belladonna Nocturne”, que con su título –y su portada– sugiere ser la continuación del citado “Belladonna”. Comparten, efectivamente, esas mismas cualidades etéreas en las que su característica guitarra enmarca las ideas, mientras que la percusión, de ritmo entrecortado, envía señales intencionadamente expansivas, desde motivos country a una especie de jazz espacial. Pero la pista más importante sobre lo que nos podemos encontrar en “Belladonna Nocturne” es ese “nocturne”, con los ecos somnolientos de la pedal steel, que nos retrotraen más allá de la época en que se registró el “Belladonna” original y nos acerca a principios de los ochenta, cuando participó como ingeniero y coautor, junto con Eno, en los discos ambient de este –“Ambient 4. On Land” (1982), “Apollo. Atmospheres & Soundtracks” (1983), “The Pearl” (con Harold Budd; 1984) o “Hybrid” (con Michael Brook; 1985)–.
Las líneas atemporales de Lanois flotan y se agitan surcando décadas de influencias, desde los años setenta al momento actual. La música, en realidad, parece estar ahí, incorpórea, como flotando, y Lanois la captura justo el tiempo suficiente para grabarla, como parece indicar el hecho de que haya hasta cinco piezas que no llegan a los dos minutos. O tal vez sea que las ideas de este álbum surgen de descartes de otras grabaciones a lo largo del camino: el vals fantasmal de “At The Foot Of The Skyway Bridge”, los aires tex-mex de “Inside The Walls Of Puebla”, los destellos etéreos de “Snow Lake”, el jazz cinematográfico de “Marionette” o el suspense que parece esconder “The Black Sea”. Es como si, cada cual, provinieran de épocas distintas. Lo mismo puede decirse de la voz de Emmylou Harris en los momentos finales de “Advent”, que parece filtrarse a través de las paredes de la canción, sin palabras, hermosa, pero tan breve que más bien parece un vestigio de alguna sesión lejana en el tiempo.
La belleza fragmentada de estas miniaturas no impide que “Belladonna Nocturne” sea un álbum hermoso y delicado, concebido definitivamente para ser escuchado y no meramente como música ambiental. Se le podría definir, incluso, como la banda sonora, meditativa y onírica, de un viaje nocturno en descapotable, atravesando los paisajes de Utah y Arizona iluminados tan solo por la luna. ∎