Siempre resultó demasiado cómoda esa partición que situaba a Caribou como el proyecto sensible, expansivo y casi confesional, y a Daphni como su reverso estrictamente funcional, diseñado para la pista. Como si Dan Snaith alternara entre introspección y hedonismo con un simple gesto técnico. Pero esa frontera lleva años erosionándose: desde que el pulso líquido de “Swim” (2010) empujó su escritura melódica hacia una fisicalidad cada vez más marcada.
Con “Butterfly”, cuarto álbum bajo el alias Daphni, la distinción deja de tener sentido. La presencia de su propia voz en uno de los momentos centrales del disco –algo inusual en esta faceta– simboliza esa fusión: emoción y utilidad ya no compiten, sino que se refuerzan. La euforia que atraviesa el álbum bebe del house francés de los noventa, sí, pero está filtrada por décadas de experiencia en cabinas, festivales y estudios domésticos. No es revivalismo: es memoria convertida en herramienta.
A lo largo de dieciséis cortes, el disco se despliega como un set que explora hasta dónde puede estirarse la noción de “música de baile”. Hay ironía en su arranque, donde la melancolía se transforma en impulso rítmico; hay momentos de exuberancia casi kitsch, donde ecos disco y destellos luminosos se trenzan con grooves musculosos. Snaith sigue convirtiendo la fragilidad en energía compartida.
Si en el pasado Daphni funcionaba como vía de escape frente al detallismo compositivo de Caribou, aquí el enfoque es más ambicioso. “Butterfly” suena a laboratorio rítmico. Pasajes de dub ambiental conviven con tramos más sombríos, donde voces procesadas y bajos sinuosos introducen una tensión que evita que la celebración se vuelva plana. Incluso cuando el BPM se dispara o los sintetizadores adoptan un brillo casi festivalero, hay una curiosidad subterránea que impide cualquier automatismo.
También asoma la rareza: texturas ácidas, ritmos metálicos, pequeños gestos excéntricos que descolocan y amplían el marco. No todo está pensado para el clímax inmediato; hay tanteo, contraste, voluntad de expandir lo que entendemos por funcional. En ese equilibrio entre herramienta y experimento reside buena parte de la fuerza del álbum.
Lo decisivo es que “Butterfly” no se limita a prolongar el espíritu más cálido y comunitario de la última etapa de Caribou. Aquí el énfasis es más corporal, más orientado a la presión sonora y a la liberación colectiva. Tras más de dos décadas de carrera, Snaith sigue defendiendo una idea sencilla pero poderosa: la inteligencia emocional y la eficacia en la pista no son polos opuestos. ∎