Álbum

Diles Que No Me Maten

Escrito en aguaMoonlight Activities, 2026
“Que la tinta sea de agua para poder escribir en el río”, canta Jonás Arenas en “Derivar”. La frase es una premisa poética de “Escrito en agua”, el nuevo disco de Diles Que No Me Maten: escribir sobre algo que se mueve, o entender que dejar cualquier cosa para la posteridad es ingenuo. Todo es mutable. En la portada, una persona trata de escribir sobre el agua con tinta rosa, como si el gesto de fijar una frase estuviera condenado desde el principio a disolverse. El nombre del grupo procede de “¡Diles que no me maten!”, cuento de Juan Rulfo incluido en “El llano en llamas” (1953): una historia sobre la violencia, la memoria, el remordimiento y la imposibilidad de escapar de las consecuencias de los propios actos.

Diles Que No Me Maten no trasladan literalmente ese mundo a su música, pero sí comparten con Rulfo una manera de entender el tiempo como una presencia espesa. Sus canciones parecen habitadas por voces que vienen de algún lugar anterior, por imágenes suspendidas entre la vigilia y el sueño, por una sensación de amenaza que nunca necesita volverse explícita. La banda nació en Ciudad de México en 2017, y desde entonces han construido un lenguaje donde el rock experimental, el jazz, el post-rock y cierta tradición latinoamericana de spoken word se cruzan en armonías siniestras y letras esotéricas.

“Escrito en agua” encuentra su identidad en sus interludios. Buena parte del álbum está formado por piezas breves donde los vientos adquieren un protagonismo inusual dentro del rock contemporáneo. “Las noches que dormimos en sillas” desarrolla una conversación melancólica entre saxofones, clarinetes y silencios, y algo parecido ocurre en “La rata modesta”, incluido en la primera mitad del trabajo. “4 kilómetros dentro de un túnel” funciona como una miniatura instrumental de post-rock y slowcore donde la referencia inmediata podría remitir a Mogwai o Explosions In The Sky, aunque el resultado apunta hacia otro lugar: menos densidad, menos ruido y una atención mucho mayor a la limpieza. Todo parece avanzar como si alguien le hubiese pasado un limpiacristales al shoegaze: con transparencia, como si estuviera escrito en agua.

Dentro de ese paisaje en el que adolecen las canciones, “Hiriku” emerge como el centro gravitacional del disco. Basada parcialmente en el poema “Híkuri” (el nombre sagrado del peyote) de José Vicente Anaya, la canción se articula alrededor de una frase que se repite hacia el final: “La mitad que soy no existe y la mitad que existe no soy”. Hay una cadencia heredera del krautrock y otra del jazz, siendo la pieza que mejor sintetiza las distintas corrientes que atraviesan el álbum: poesía hablada, repetición hipnótica y tensión instrumental. “Viene el viento”, quizá la canción más cercana al formato tradicional, introduce una guitarra rasgueada que dialoga con el folk mientras conserva las armonías ambiguas y ligeramente sombrías que recorren todo el trabajo.

En realidad, gran parte de “Escrito en agua” se sitúa más cerca de una construcción académica que de muchas de las convenciones actuales del rock. “Perquisidor” avanza sobre percusiones mínimas mientras Jonás Arenas recita versos como “Soy persona, soy encuentro”, integrando la voz dentro del paisaje sonoro en lugar de situarla por encima de él. Algo similar sucede en “No me”, donde la declamación y los arreglos de viento comparten exactamente el mismo peso narrativo. El cierre llega con “Tunuwame”, palabra procedente de la tradición wixárika asociada tanto al cantante ceremonial como al espíritu del viento vespertino. Durante casi ocho minutos, la pieza desarrolla una deriva luminosa donde aparece una armónica con bastante protagonismo, guitarras abiertas y una sensibilidad cercana al country-folk.

“Escrito en agua” funciona así como una obra concebida más como un flujo continuo que como una colección de canciones independientes. El título termina revelándose también como una descripción de su arquitectura: las canciones aparecen, se transforman, cambian de forma y vuelven a desaparecer. Como el flujo de un río. ∎

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