En ocasiones, la imagen de un disco define su contenido con mayor elocuencia que cualquier texto editorial. En la portada de “Testamento”, el segundo largo de el diablo de shanghai, hay adultos sentados en las mesas bajas de un comedor escolar, frente a bandejas de metal y comida triste. Una estampa incómoda que sirve de puerta de entrada a su trabajo más crudo. La reflexión que despierta es inmediata: quizá nunca dejamos de ser esos niños esperando el recreo, solo cambiamos el comedor escolar por la pausa del café en un trabajo precario. La imagen provoca un “shock intergeneracional” deliberado: se ven ridículos, grandes y desubicados en esas sillas pequeñas. Esa es exactamente la sensación de la adultez temprana que narra el disco. Podría ser la representación visual perfecta de ese verso de “Abulia” que dice: “Regar el único capullo que nunca va a florecer”.
Con esta premisa llega “Testamento”, que toma el relevo de su debut “113 pasos adelante en el Ensanche” (2023). Si aquel primer trabajo buscaba una identidad en la posadolescencia, este nuevo álbum se planta en la crisis de los veintitantos con una formación que ha permitido una profundización en lo musical. La incorporación de Iñaki García a la batería ha desplazado a Albert-Vicente Muñoz a la guitarra, permitiendo que Juan Trias de Bes se libere para centrarse en un aspecto vocal mucho más protagonista y matizado.
El disco abre con un bloque contundente. Tras la introducción instrumental de “Tenía que valer la puta pena”, donde parecen transmitir esa sensación de trance o de caminar cansado entre guitarras angulosas y sintetizadores repetitivos, atacan con “On/Off”. Es uno de los adelantos donde un recitado tenso es cortado por violentos latigazos instrumentales, definiendo a la perfección su filosofía de “apagarte y volverte a encender” ante el fallo del sistema. Le sigue “Todo y más”, con esos arreglos de cuerda solemnes que aportan una gravedad inédita en la banda, para luego alternar con un intercambio rítmico, casi como un pimpón sonoro que acaba colapsando en un grito ahogado y visceral. Cierran el bloque con “Editorial”, un corte con frases tan contundentes como “No son tiempos para ser unos cobardes ni lo son para ser hijos de nuestros padres”. Aquí alternan una verborrea incontenible, que cabalga sobre un platillo frenético y obsesivo, con momentos de letargo hipnótico en los que, de repente, puedes llegar a recordar al querido Sergio Algora con su tempo entre versos como: “¿Crees que estamos a cubierto? ¿O esto es mar abierto?”.
En el nudo del álbum, “Sistema unitario” plantea una acumulación de coros distantes sobre los versos “es una suerte tenerte presente porque si lo miras con perspectiva”, una letanía que se resuelve con un estallido sónico visceral para confirmar que “la vida está de puta madre”. Esto prepara el terreno para un rock más reblandecido como “Dinero”, un single cínico sobre educar a esos niños que son el futuro de la ciudad con epizeuxis como “cuidar, cuidar, cuidar” o “ciudad, ciudad, ciudad”. Destaca especialmente “Pisa fuerte”, el focus track del lanzamiento, que recupera traumas escolares hablando del “silencio del colegio y su puta maldad” con un registro vocal más melódico pero que luego rompe con estribillos furiosos perfectos para un público entregado. Cierran este bloque con la ya mencionada “Abulia” y la sección rítmica de la percusión que conduce ese fraseo atropellado y, otra vez, una repetición narcótica.
El tramo final se siente como una despedida real. “Carrera de vainas” entra con sentimientos tan encontrados como esa “pequeña risa que te sale al llorar”. La canción utiliza la referencia de ver las precuelas de “Star Wars” hasta el amanecer como el último refugio de una amistad que se desvanece, dando paso al tema titular, “Testamento”, que resume el espíritu del disco como “un agujero donde morir” o “un solo cuerpo para poder vivir”. El tema comienza con lo que podría ser un piano procesado a cuerdas que va moldeando la atmósfera mientras el bajo entra muy presente, manteniendo el tempo y todo lo jodido que representa un primer amor. El cierre llega con “Tierra trágame”, una súplica final con una voz por momentos evangélica en la que su narrador admite que “quinientos discos escuchados digitalmente, físicamente, mentalmente” en cuatro días se hacen eternos mientras se está solo en Barcelona.
Todo este sonido se cocinó en los estudios La Mina (Sevilla) con Raúl Pérez, pero con un as bajo la manga: la producción de Sergio Maschetzko, conocido por su trabajo con Black Country, New Road, a quien contactaron, curiosamente, por un mensaje directo de Instagram. Un movimiento ambicioso que les emparenta con la mejor tradición del art punk y post-punk nacional actual. Con “Testamento” de el diablo de shanghai, te das cuenta de que la bandeja metálica del comedor escolar y el táper de la oficina son sospechosamente parecidos, solo que ahora el menú del día te lo tienes que pagar tú. ∎