La contradicción es inevitable: reclamar los encuentros reales, cara a cara, sin prisas ni intermediarios en forma de pantalla, precisamente con unas canciones que a buen seguro van a ser consumidas y digeridas a través de dispositivos móviles. Lo quijotesco del esfuerzo no empaña el loable propósito de Fillas de Cassandra en el que es su segundo álbum, doce canciones que brindan una doble finalidad tan noble como –hay que decirlo– lograda, por lo que tiene de forma como de trasfondo: reivindicar la tradición oral y el contacto directo con nuestros semejantes (el título lo dice todo) y al mismo tiempo conseguir que lo suyo destaque sobremanera dentro de un ecosistema creativo en el que la combinación de tradición y vanguardia corre el riesgo de convertirse en un lugar común, trufado de tópicos, quizá por saturación de acólitos que se suben al carro con mayor o menor conocimiento del percal. No ocurre con María SOA y Sara Faro: ni incomodan, ni sonrojan ni aburren. En su propuesta, lo festivo no se come a lo mollar. Lo atávico y lo digital conviven con la misma naturalidad que en cualquier disco de Maria Arnal, Sandra Monfort, Rodrigo Cuevas o De Ninghures.
Se aprecia desde la conversación telefónica que abre “saír á fresca”, atravesada luego por el rap, el Auto-Tune y un sobrevenido ritmo de rave cuatro por cuatro que deriva en unos solemnes coros finales. Con todo, las canciones que más me convencen son aquellas que no parecen buscar el impacto inmediato. Las de la segunda mitad del álbum, para entendernos. Muchas de ellas, en colaboración con otros músicos. Los ritmos quebrados de “Alboroto”, el interludio formado por mensajes de audio de diversa procedencia que dan pie a la fragmentaria “track audios magnética” y ese hit veraniego que podría llegar a ser “TERTÚLIA” son cortes que no me seducen tanto como casi todo lo que viene después, a partir de los diez minutos de estos treinta y tres.
“Cuchicheo” propone una suerte de intrigante 2-step, en compañía de Pipiolas, que me resulta más estimulante. Tanto como la colaboración de la flauta de Abraham Cupeiro (salió hace un tiempo en ‘La revuelta’ dando buena cuenta de su artesanal trabajo) en “Filla Filliña”, la sutil e intimista síncopa de “Am0r”, entre la cumbia y el reguetón, la hermosa y melancólica balada “VERBENA” (piano y guitarras acústicas en primer plano, sin sobrecargas), el contagioso pop electrónico de “bUCÓLICA”, combinando gallego y euskera gracias a Zetak, el grácil R&B digital de “déixate ver”, con Elena Villa “Ede”, el drum’n’bass (casi jungle) que agita el avispero de “insolación” (quizá donde más se nota la coproducción de Çantamarta) y la preciosa letanía final que es “lodos”, sacudida por una explosión rítmica que pone el broche perfecto a un trabajo que expandió su hechizo a la experiencia física, para redundar en la idea de que no es solo un disco más: una instalación artística llamada “TERTÚLIA: doce canciones, doce sillas” que se pudo visitar en la Fundación Eugenio Granell (Santiago) e Infinito Delicias (Madrid) y donde el público pudo habitar la portada y hacer una preescucha del disco. Fillas de Cassandra acaban de anunciar su primer concierto en La Riviera para noviembre, tras pasar por Siroco o la But. Por algo será. ∎