Nacía el siglo XXI y un grupo surgido de la mezcla de nacionalidades coexistente en la Nueva York de finales del XX venía a poner patas arriba la definición de punk contemporáneo. Era Gogol Bordello, autocalificados “punks gitanos” por los orígenes romaníes de la madre de su líder, Eugene Hütz. Este había nacido en 1972 en Boyarka, una ciudad de la entonces República Socialista Soviética de Ucrania, que abandonó con su familia tras la explosión de Chernóbil, iniciando así un periplo como refugiados que los llevó a recorrer todo el este de Europa hasta alcanzar los Estados Unidos en 1992.
Irrumpieron en 1999 y en poco tiempo se granjearon el favor popular de una tribu para los que Gogol Bordello eran algo así como unos Mano Negra del mundo anglosajón, por su mezcla de elementos de la world music con el punk. Sí, durante una época fueron muy queridos por su energía hardcore con acordeones, violines y ritmos balcánicos –su tercer álbum, “Gypsy Punks. Underdog World Strike” (2005), se lo llegó a producir el mítico Steve Albini, y Rick Rubin se encargó de dar cuerpo al quinto, “Transcontinental Hustle” (2010)–, pero su fama creció como la espuma gracias a sus impresionantes directos, caóticos y sudorosos a más no poder. Pero en la segunda década del siglo lo que antes era impactante y provocador devino en previsible y manido y su nombre fue cayendo en el olvido, quedando relegado a su público generacional.
Su producción discográfica fue ralentizándose, pero este noveno álbum, publicado cuatro años después del anterior, “Solidaritine” (2022) –grabado en apoyo al pueblo ucraniano tras la invasión de su territorio por el ejército ruso–, supone una renovación en toda regla. Puede que hayan perdido visceralidad, pero es que cuando se han cumplido los 50 años la vida no se ve con el mismo optimismo y sí con más cinismo despectivo. Lo que antes podía terminar sonando caótico –y tenía su gracia, no vamos a negarlo–, ahora suena centrado para que el mensaje resulte eficaz, porque este es también un disco político: la canción que abre y da título al álbum es, de hecho, una llamada a las armas, aunque expresado en términos elípticos, que ya sabemos como son las cosas ahora en los Estados Unidos, que te acallan por las bravas y se acabaron los mensajes.
También hay menos pintoresquismo folclórico, pero las canciones no han perdido un ápice de contundencia: al igual que las tradiciones musicales de las que bebe, Gogol Bordello emplea la música como un mecanismo de resistencia en tiempos de dificultad, y la banda sigue queriendo que bailes y te diviertas. “Life Is Possible Again” es un hit absoluto y “Boiling Point”, una hermosa pieza de tiempo medio en la que colabora Grace Bergere, la asombrosa constatación de que nadie quería ver lo que se venía: “Me cuentas cómo fue posible que no nos diéramos cuenta / de que se estaba alcanzando el punto de ebullición / Todos mirábamos la leche sobre el fuego”. “From Boyarka To Boyaca” recalca las similitudes insospechadas que nos unen: Boyarka, ya se ha dicho, es la ciudad cercana a Kiev en la que nació Hütz, mientras que Boyaca es la ciudad colombiana en la que lo hizo Victoria Espinoza, cantante invitada y compañera de Eugene en Puzzled Panther, la otra banda en la que participa el líder de Gogol Bordello. En la trepidante y pegadiza canción se mezclan también inglés, español y ucraniano como símbolo de panhumanismo.
Como colofón, “Solidarity”, en la que el cantante invitado es Bernard Sumner, de New Order, es una versión que ha hecho Hütz de “Żeby Polska była Polską” (“dejad que Polonia sea Polonia”), una canción protesta de 1976 que pocos años después se convertiría en el himno empleado por el sindicato Solidaridad contra el gobierno prosoviético del general Jaruzelski, a la que Hütz cambió la letra para convertirlo en un himno de apoyo a la causa ucraniana que tiene ese inequívoco aire de melodía mitteleuropa que tienen también las piezas más descaradamente “comerciales” de Laibach. Paradójicamente, “We Mean It, Man!” es el menos Gogol Bordello de los discos de Gogol Bordello –el que menos se asemeja al desparrame final de la celebración de una boda–, pero considero que sí es, en cambio, su disco más intenso y atrayente si no de toda su trayectoria, sí a la altura de la trilogía de discos publicados entre 2005 y 2010. ∎