Imaginemos a un oyente, versado en avant-rock, krautrock, psicodelia, free jazz, math rock, experimentación repetitiva o no wave, que no ha escuchado ni oído hablar nunca del grupo Horse Lords de Baltimore y le ponemos, una detrás de otra, la intro “Eureka 378-B” y el primer tema “Brain Of The Firm”, que abren su nuevo álbum, “Demand To Be Taken To Heaven Alive!”, y podrá comprobar que aun van más allá de todos los estilos antes mencionados, ya que se atreven con el rock progresivo, la música coral o el punk-funk sin resultar nunca un pastiche. Su música fluye, en muchas direcciones, sin brújula aparente. El cuarteto original está integrado por Owen Gardner (guitarras afinadas a su manera), Max Eilbacher (bajo, electrónica) y Sam Haberman (batería) –núcleo duro del grupo– desde los días del colectivo experimental Teeth Mountain. Luego, se les unió Andrew Bernstein al saxo –experto en la respiración circular– y empezaron una carrera que alcanza ya los 16 años y que, entre discos en estudio, en directo y colaboraciones, ya va por la decena de referencias.
Fieles a no ponerse límites, se prestaron gustosos a la invitación de participar en las RVNG’s FRKWYS –“Freakways” es una serie intergeneracional, auspiciada por el sello independiente de Brooklyn RVNG Intl., que empareja músicos experimentales contemporáneos con sus predecesores y progenitores creativos para crear álbumes colaborativos únicos que abarcan música electrónica, ambient, folk y vanguardista; así han unido a Julianna Barwick con Ikue Mori, a Blues Control con Laaraji o a Suzanne Ciani con Kaitlyn Aurelia Smith– para compartir el volumen 18, “Extended Field” (2025), con el compositor neoyorquino Arnold Dreyblatt (1953), discípulo de La Monte Young y Pauline Oliveros, cuya música de cámara minimalista, modificando el sonido de instrumentos convencionales, se ha nutrido de las influencias del movimiento Fluxus, de John Cage y Yoko Ono, siendo además artista de performances y visual. El enunciado de “extensión de campo” le va perfecto a la colaboración, ya que es un extraordinario compendio de música repetitiva minimalista con un beat que, en el tema que titula el disco, integra post-rock y jazz. Es como si Steve Reich estuviera acompañado por una banda de rock, más cerca de Morphine y James Chance & The Contortions que de la frialdad repetitiva. Son cuatro largas suites instrumentales que suponen una cumbre imaginativa, explorando el lado ambient-dark de la electrónica abstracta en “Suspension”, o guiñando el ojo al freak-folk más esotérico en “Impulse Array”.
En su definitivo cuarto álbum, “The Common Task” (2020), Horse Lords ya se habían coronado con dos singles de impacto, “Fanfare For Effective Freedom” y “People’s Park”, aglutinando vaharadas punk-funk, techno y groove para convertirse en una inclasificable banda abierta también a lo acústico, a lo africano y al dub, incorporando acordeón, unas voces tratadas de canto a capela, violín o fagot en el trance etno-techno-rock de los 18 minutos de “Integral Accident”, un trip instrumental convertido en auténtica lisergia de nueva generación, que los sitúa ya en el Olimpo de los creadores contemporáneos. Luego se fueron a vivir a Alemania, lo que les permitió conectar con la escena europea; en 2021 formaron parte de un colectivo para tocar la música de Julius Eastman (1940-1990). Acto seguido entregaron “Comradely Objects” (2022), su quinto álbum, el primero para RVNG Int., que integra prog-rock, repetición, sonidos africanos o americana weird en una música instrumental expansiva, que puede pasar del trance techno al free-jazz-rock: como si cruzasen a Albert Ayler con los King Crimson de “Red” (1974) en “May Brigade”. También se muestran densos y misteriosos en “Solidary Avenue” y tampoco le temen a la abstracción: los diez minutos de “Law Of Movement” son pura improvisación, pero con mucho ritmo motorik.
El título del nuevo LP, “Demand To Be Taken To Heaven Alive!”, hace referencia a un verso del poeta futurista ruso Vladimir Mayakovski (1893-1930); también rinden tributo a Anni Albers (1899-1994), diseñadora textil, tejedora y pintora alemana, profesora de la escuela Bauhaus; a los modelos geométricos islámicos; al grupo vanguardista holandés Maciunas Ensemble; así como a los compositores y escritores Tom Johnson, Henry Flynt y la sueca Catherine Christer Hennix (1948-2023), que fue música, poeta, filósofa, matemática y artista visual. No faltan menciones a Roscoe Holcolmb (1912-1981) –cantante, banjista y guitarrista, figura fundamental del folk de los Apalaches– y a James Brown, pasando por la música electrónica de la compositora americana Maryanne Amacher (1938-2009), que estuvo especializada en “fenómenos psicoacústicos”; también al neerlandés Jaap Vink (1930-2023), autor de una música electrónica de riqueza orquestal, trabajando con grabadoras de cinta, filtros y moduladores.
Un cúmulo de referencias y citas para acotar a nivel intelectual un sonido reforzado por varios colaboradores, como Weston Olencki (decisivo trombón), Madison Greenstone (clarinete bajo) y las vocalistas Nina Guo y Evelyn Saylor, responsables en el minuto inicial de “Eureka 378-B” de crear una ambientación gótica utilizando un himno de la tradición coral del siglo XIX llamado “The Sacred Harp”: “We seek a city yet to come”, cantan, con voces autotuneadas ininteligibles y transformadas, produciendo una extraña sensación, entre el canto místico y un experimento cibernético, antes de proseguir las mismas angelicales-abisales voces inmiscuyéndose, cual polifonías, en el obsesivo ritmo de “Brian Of The Firm”, logrando un tema hipnótico, entre el krautrock y el minimalismo repetitivo, por no hablar de un final cien por cien africano, en la línea de los chatarreros de Kinshasa.
Igual de significativas son las distorsiones digitales de las voces en los tres interludios de folklore futurista de “Rotation”, en los que el lenguaje pierde su condición primaria para convertirse en un elemento composicional. Son sketches de un disco donde brillan “First Galactic Utopia” y “Second Galactic Utopia”: así podrían sonar hoy CAN si aún estuviesen en activo: flotando en la galaxia, pero con los ritmos ocultos que descubrió Jaki Liebezeit como ancla y con el añadido de sonidos estroboscópicos propios de un viaje lisérgico de tintes realmente espaciales (y que harían las delicias de Stereolab). Lo de Horse Lords es una música física, no analítica, que convierte el tema central, “A City Yet To Come”, en un compendio de todas sus actuales virtudes: incisivo ritmo punk-funk, cascada de vientos jazz abrasivos y expansivos y voces deformadas, sintéticas: una música turgente e imaginativa que mezcla el espíritu free jazz y experimental con un canto entre Tarta Relena y Holly Herndon, donde lo orgánico cohabita con lo electrónico en conexiones y desplazamientos inesperados.
Lo que podría parecer un álbum conceptual es, en el fondo, un vivero de singles, con temas enlazados tan decisivos como “Before The Law”, introducción tribal-jazz a un “After The Last Sky” que empieza con un loop de guitarra acústica –inspirado por la música de Ghana–, para de golpe entrar en una tormenta de ritmo con guitarras y vientos dialogando sobre un beat que se transforma en clímax intrigante. Lo mismo que el tema titular, con un inicio exótico, a lo gamelán, antes de embarcarse en una fascinante combinación entre patrones repetitivos y evolución rítmica: ocho minutos de perfecta sincronía, en algún lugar entre minimalismo, post-punk, krautrock y los experimentos vocales. ∎