El propósito fundacional de Iyad Moussa Ben Abderahmane “Sadam” al montar Imarhan siempre fue el de romper con los tópicos asociados al rock tuareg para expandir sus fronteras. Ampliar horizontes mediante la fusión con lenguajes de vibraciones afines: el groove funk, la psicodelia, el rai argelino. Un leit motiv que explicitó ya en su debut homónimo de 2016, y en el que más tarde profundizó en su secuela, “Temet” (2018), y también en aquel “Aboogi” (2022) que contaba con las colaboraciones de Gruff Rhys, Japonais, Sulafa Elyas y Abdallah Ag Alhousseyni (de Tinariwen: banda en la que milita su primo, Eyadou Ag Leche, y que siempre ha ejercido una suerte de padrinazgo sobre los propios Imarhan).
Para este cuarto álbum no cuentan con tal nómina de aportaciones externas, pero sí con una labor de producción que esgrimen para justificar que “Essam” marca un punto de inflexión: los produce (en su estudio de Tamanrasset) por primera vez Maxime Kosinetz, su ingeniero de sonido (Gruff Rhys y los propios Tinariwen lucen en su currículo), en alianza con Emile Papandreou (del dúo francés de pop electrónico UTO), multinstrumentalista especializado en introducir elementos electrónicos mediante el sampleo de instrumentos en vivo que reprocesa con un sintetizador modular. El resultado no es tanto una reinvención como una (ligera) reformulación, aunque lo cierto es que “Derhan N’Oulhine”, que es el corte más destacado (y reproducido en streaming) del álbum, podría sugerir que el giro sería mayor: ahí está su sostén rítmico, cercano a la cadencia motorik, contribuyendo a que sus tres minutos y medio despunten.
Aquí se afianza su fórmula mediante una diversidad de registros que tiene más de lifting sonoro que de transformación real. Obviamente, no se le puede pedir a una propuesta como la de Imarhan que rompa con todo para empezar de nuevo (sería absurdo), pero sí me da la impresión de que la renovación que esgrime se queda a medio camino. Quizá no pueda ser de otro modo: su equilibrio entre tradición y modernidad requiere un trazo muy fino. En cualquier caso, los nueve cortes discurren con la naturalidad, el oficio y la espiritualidad (en torno a la melancolía del desarraigo y la preservación de la identidad colectiva) que acostumbran. Entre los puntos de fuga, diría que nunca su guitarra eléctrica ha apuntado al trópico con la claridad que lo hace en la bailable “Tellalt” (uno de sus mejores momentos), que la luminosa “Okcheur” se balancea sobre una cadencia funk cuyo hechizo es realzado por haces de sintetizador y que la intrigante “Azaman Amoutay” se sostiene en un drone sintetizado de cuatro por cuatro, conectando remotamente con el latido del house (en el fondo, obviamente, que no en la forma).
Otros momentos se ciñen más a su canon habitual: “Tamiditin” es intimista, austera, tan solo tejida por guitarra, tinde y bajo eléctrico; “Tin Arayth” revela la veta más cruda y psicodélica del disco en un contagioso call and response; los coros masculinos y femeninos de “Adounia Tochal” embellecen su hechura de esperanzada letanía y los casi ocho minutos de la hipnótica “Assagasswar”, con el imzad (suerte de violín de una sola cuerda) conviviendo con sintetizadores modulares, te dejan sumido en un estado de trance. Suman y siguen, en esencia. ∎