Álbum

Jack White

Frozen CharlotteThird Man-Popstock!, 2026

Hay nichos que es mejor no abandonar si uno se siente bien, no importa el qué dirán mientras te realice, reporte placer y tu feligresía sancione la decisión. Algo parecido le sucedió a Jack White hace dos años con la publicación de “No Name” (2024), un trabajo que sorprendía por cierta vuelta a lo básico. “Frozen Charlotte” repite la jugada, pero allí donde “No Name” resultaba moderadamente variado con piezas como “That’s How I’m Feeling”, un temazo de psych-garage, o “It’s Rough On Rats (If You’re Asking)”, corte que firmarían The Feelies, el séptimo disco en solitario de White apuesta por deshidratar aún más las moléculas de su rock’n’roll bluesero, esquemático, musculoso, clasicorro y sin complejos.

En “Frozen Charlotte” predominan las estructuras sencillas y un exhibicionismo guitarrístico bien ponderado que intenta –y no siempre lo consigue– escapar con inventiva de la saturación y la predictibilidad. Para ello White idea casi todas las variaciones posibles, que en sus manos parecen infinitas: ácidas –“Thick As Thieves”, melotrón incluido–, setenteras –“All Alone Again”, único corte donde no intervienen los teclados–, post-punk –Raising The Grain”–, stonianas –la filosófica “Nobody Knows”: “¿Se ríe Dios de nosotros? Nadie lo sabe, ni tú ni yo, Isaac, Albert, Pitágoras–, pantanosas –“Dollar Bill”–, hard-rockeras –“I Can’t Believe What I’m Hearing”–, heavy-punkies –“You’ll Never Fix Me”– y glamurosas –“She’s In A Frenzy”–. Un buen ejemplo del “menos es más” predominante a pesar de que la pluralidad sería “Derecho Demonico”, donde el órgano Hammond de Bobby Emmett aporta fiereza y refrigeración como todo un Jimmy Smith, o mejor Jon Lord, las manos mágicas de Deep Purple. La omnipresencia de los teclados en “Frozen Charlotte” es un hecho diferencial respecto a “No Name”, pero no coloniza el resto de instrumentos tocados en un 99% por White (voz, guitarras), Dominic Davis (bajo) y Patrick Keeler (batería). La vitriólica “Derecho Demonico” y “G.O.D. And The Broken Ribs” con sus referencias bíblicas típicas del blues, que la precede abriendo el álbum, conformaron un 7” que salió en abril.

Decibélico, tribal y por supuesto demoníaco, “Frozen Charlotte” hipnotiza como el impacto de un martillo con sus trece temas expeditos y rugosos, todos producidos por White, desprovistos de florituras innecesarias y devaneos melódicos, que retrotraen a los tiempos más crudos de The White Stripes y que se postulan como cantera ideal para los nuevos directos del americano. Los cinco minutos de “Neighbors Blues”, el tema más largo y tradicional de disco, cierra “Frozen Charlotte”, una especie de cura de desintoxicación/terapia de choque, monolítica, técnicamente depurada y demodé como las trágicas muñecas de porcelana a las que hace referencia su título. La tradición folk habla de una niña que murió congelada sobre su trineo por no taparse y querer mostrar su bonito traje: una posible metáfora reutilizada por White para desnudar aún más su música a pesar del predecible frío exterior. La figura de portada en “Frozen Charlotte” adapta esa misma historia mostrando un marinerito decapitado de yeso con la nueva calavera diseñada por un músico de 51 años que muy diabólicamente se resiste a envejecer. ∎

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