Slowcore, folk, jazz, psicodelia. Jana Horn posee la fórmula completa. A través de un tempo deliberadamente lento y esa voz clara, hermosa y contenida, la artista de Austin firma su tercer álbum, titulado simplemente “Jana Horn”. Esta entrega es fruto de un año de asfalto en Nueva York, culminado en la serenidad de Sonic Ranch, en ese desierto de hierba del oeste de Texas donde el horizonte impone su ley. Tras el impacto de “Optimism” (2022) y la delicadeza de “The Window Is The Dream” (2023), este nuevo trabajo ha tardado un poco más en llegar, pero suena inmediatamente reconocible.
Escuchar a Horn supone, una vez más, aceptar un pacto silencioso, con ese estilo deadpan tan conocido en artistas como Bill Callahan, inexpresivo pero cargado de intención. Es la “hermana espiritual” de su minimalismo. Y es que persiste la creencia generalizada de que la emoción depende de la potencia vocal. Horn demuestra que el susurro, bien sostenido, resulta mucho más incisivo. Su ejecución prescinde de armaduras expresivas y alcanza una hondura directa. Es autenticidad pura, lograda con una naturalidad envidiable. Esa contención abre espacios fértiles y, en esta ocasión, lo hace desde el amor. La cantautora estuvo a punto de titular el álbum simplemente “Love”, ya que el afecto articula cada una de estas piezas. Durante diez días de tiempo suspendido se rodeó de un supergrupo de ángeles, como ella los llama en su cuenta de Instagram: Adam Jones (batería, guitarra), Jade Guterman (bajo, guitarra, piano), Adelyn Strei (flauta, clarinete) y Miles Hewitt (piano). Bajo la ingeniería de Mauro Castro y el masterizado de Josh Bonati, el grupo capturó un sonido donde la creación fluyó libre de obstáculos.
El disco se pone en marcha con “Go on, move your body”, una apertura que marca el arranque del conjunto de forma casi instintiva. “Nothing prepares you for this”, canta Horn, y más adelante deja caer la pregunta clave: “What do you follow when there’s no scent of it?”. La respuesta llega con un gesto de insistencia física: “You just go on moving your body”. Ese avance casi automático impregna también “Don’t think”, donde la voz se desliza con calma sobre un entramado discreto de bajo y vientos, y “All in bet”, que introduce el corazón dubitativo de la secuencia. “Without half, without all, what is left? I’m honestly asking”, dice Horn. La pista “Come on” recoge ese mismo pulso errante, comenzando casi desarmada y encontrando poco a poco una forma más acogedora, como si la canción se reconstruyera mientras avanza: “Take take take / Take off my mind”.
En el centro del disco, el lenguaje se vuelve aún más concentrado. “Love” actúa como una miniatura suspendida, una idea lanzada al aire que no necesita desarrollo. “It’s alright” propone una estado de alivio frágil, creciendo con paciencia hasta un cierre compartido donde la banda se abre sin ocupar el primer plano. “Unused” te introduce en un limbo que alcanza su momento álgido con vocales prolongadas en pasajes sin palabras, mientras “Designer” altera ligeramente el equilibrio. Aquí la letra se fragmenta en imágenes inquietantes: “What does madness prove, Designer?”, se pregunta Horn, entre ojos que rebotan como piedras y cuerpos protegidos por capas invisibles. La música gana tensión, y aun así conserva ese control casi ascético que define el álbum.
El tramo final refuerza la sensación de conversación incompleta. “Without” deja frases en el aire, como si faltara siempre una réplica que nunca llega. El cierre con “Untitled (Cig)” recoge el cansancio acumulado y lo transforma en una despedida serena. En definitiva, en “Jana Horn”, las canciones avanzan con parsimonia, entrelazadas por variaciones sutiles. Los instrumentos entran y salen con discreción, mientras el pulso, frágil, acaba por disolverse en el ambiente. La música apuesta por la lentitud, el silencio y la atención como formas de resistencia íntima. Cada composición es una flecha certera en el arco de los buenos: un impacto necesario en estas guerras actuales contra la vida humana, el arte y la magia. Recuerda: las mejores historias siempre se cuentan al oído. ∎