La música disco arrastra desde hace décadas una condena bastante injusta. Aunque nació en el sudor y la resistencia de los clubes frecuentados por comunidades negras, latinas
y queer, acabó devorada por un imaginario pop que la vació de contenido hasta convertirla en un hilo musical inofensivo. Por eso, todavía hoy persiste una sospecha estética sobre su optimismo. En un ecosistema pop que premia el trauma, la oscuridad y la pose autodestructiva como únicos sellos de profundidad, parece que la música diseñada para el goce corporal tuviera que pedir perdón por existir. Como si el placer fuera automáticamente superficial y el sufrimiento, en cambio, viniera ya bendecido por la crítica. Es un prejuicio absurdo: la historia de figuras como Donna Summer, Sylvester o Grace Jones demuestra que el hedonismo también puede ser una forma de inteligencia y de disidencia política. El problema es que esa herencia convive con una visión fosilizada que ha condenado al género a ser, para el gran público, un simple sinónimo de lo hortera.
En su nuevo álbum,
“Superbloom”, Jessie Ware se mete de lleno en este terreno minado y, por momentos, acaba tropezando con los mismos estigmas que intenta evitar. Por muy buena que sea en lo suyo, su estilo es difícil de encajar en los cánones de la finura. Así, el disco se presenta como un juego de luces y sombras donde el conflicto reside, curiosamente, en la ausencia total de conflicto. Ware intenta una maniobra arriesgada: trasladar la música disco de la madrugada al mediodía. Mientras la tradición entiende la pista de baile como un lugar para perder el control y abrazar la oscuridad, aquí todo aparece estabilizado, iluminado y bajo control. Es una floración que busca el confort por encima de la intensidad emocional.
Esta dicotomía fractura el álbum con claridad, volviéndose mucho más flojo cuando abraza ese
poptimismo luminoso. El edificio solo se mantiene en pie cuando Ware opera bajo la lógica de la noche, acercándose a la síntesis y el misterio que hicieron de
“What’s Your Pleasure?” (2020) una obra maestra. Por ello, piezas como
“Sauna” son arquitectónicamente mucho más sólidas que cualquier single: precisamente porque respetan el misterio y la tensión del club. También en otros momentos, como en
“Mr. Valentine”, el pulso se seca y se vuelve crudo, acercándose al post-disco de los años ochenta con bajos que rozan el post-punk y una atmósfera llena de láseres y sudor.
Sin embargo, el riesgo de caer en lo cursi acecha en cada esquina. El primer single,
“I Could Get Used To This”, es una pieza tan académica y ligada a la tradición europea que sus cuerdas terminan sonando pomposas, más propias de una gala televisiva de fin de año que de un club clandestino. Del mismo modo, el uso de la melodía de “El bueno, el feo y el malo” en
“Ride” funciona como un truco de impacto inmediato, pero termina poniendo un techo de cristal a la creatividad de Ware. Es un recurso fácil que garantiza que la canción pegue, pero que le quita profundidad al desarrollo artístico del disco.
En el último tramo, el álbum decide borrar cualquier rastro de chulería para asentarse en una domesticidad radiante. Si sus trabajos anteriores eran crónicas sobre el deseo y la seducción, “Superbloom” es la banda sonora de la satisfacción pura y dura. Canciones como
“Love You For” o
“No Consequences” exploran una intimidad sin aristas que desemboca en un sentimentalismo algo barato, culminando en
“16 Summers”, un tema sobre la maternidad que suena más a balada familiar que a himno de baile. Al final, Jessie Ware ha cambiado la urgencia de la pista por la comodidad de un jardín bien regado. El disco es impecable técnicamente, pero suena a una jubilación anticipada en un resort de lujo; música perfecta para altavoces de alta fidelidad, pero demasiado cómoda. ∎