“La balada de David y Jonatán” no es una historia épica sacada del Antiguo Testamento sino el affaire intergeneracional entre un antiguo transformista de avanzada edad que pasa sus últimos días en una residencia de ancianos (David) y su joven cuidador (Jonatán), auxiliar de origen colombiano fascinado por el cosmos mitificado, rupturista y crepuscular del antiguo artista. Jordi Maranges concede a los dos personajes principales de esta novela musical situada entre la ficción romántica y la intención documentalista sus respectivas canciones de autorreflexión, el hyperpop-house de “Presentimiento” para el dubitativo Jonatán y la conmovedora “Yoga els dimecres” en el caso de David, la única cantada en catalán rebosante de autenticidad además de una crítica soterrada a la racanería de los centros de mayores que también suena a balada de Martin L. Gore para Depeche Mode. Junto a “La balada de David y Jonatán”, tema original de 2022 en clave synthpop ahora ampliada que narra la historia completa de los dos amantes, constituyen las piezas centrales de un disco donde el músico palmesano se esmera en adaptar música y letra a cada situación como si de una banda sonora se tratase alrededor de la insular cultura queer que tuvo lugar en Palma de Mallorca entre los años setenta y noventa.
Esa potente narratividad se ve reforzada por las tres breves piezas instrumentales –de diez– que Maranges engarza en el curso del álbum: el medio minuto de “Las dudas de Jonatán”, la algo más extensa y electrónica con aromas al gran Alexandre Desplat “Los caminos del amor son inescrutables” y la cardíaca “Herencia” inaugurando el disco. En ella tres conocidas drags de la isla pertenecientes a diferentes épocas, Andy Lois, Laila y Lolita Khaos, evocan los ecos del pasado con un tono hondo, dramático y turbador: “El resto del día estabas atado a lo que una sociedad esperaba de ti. Mucha gente tenía sus familias, sus hijos, sus mujeres y vivían una doble vida, no por gusto sino porque no les quedaba otro camino, pero ahí, ese pequeño oasis era un sitio seguro donde poder disfrutar, ligar, beber en compañía de gente como ellos y maquillar un poquitín la vida de felicidad”. Aquí está casi todo.
El álbum entraña a la vez un homenaje a aquellos primeros espacios de libertad proto LGBTQ+ que había en Palma de Mallorca, clubes nocturnos asociados al transformismo como “Black Cat, caballos salvajes” –la letra menciona a una diosa de la ambigüedad como Amanda Lear con un leve toque Mishima en el título– y “Kalkuta Dancing Club”, dos de los cortes más discotequeros de un álbum sonoramente inventivo que se decide por la melancolía, la ficción –el autor no llegó a conocer el Kalkuta, cerrado en 1982– y un sentimentalismo hedonista con coartada en la minuciosa producción de las canciones. La conocida “Plaça Gomila” también goza de tres minutos de gloria entre arpas arpegiadas, su inevitable ritmo hi-NRG y frases lapidarias como “tras las cortinas mi infancia de espinas se esconde en un tacón”.
Producido con la colaboración del norteamericano Aaron Rux –Joe Crepúsculo, dani dicostas, Colectivo Da Silva– y financiado con una beca de L’Institut d’Estudis Baleàrics, el autor de “La balada del hombre penetrado” (2021) –título digno de Jean Genet: el mallorquín creó en 2019 un espectáculo de homenaje al polémico escritor parisino–, entrega el mejor disco largo –el tercero– de su carrera en solitario –antes trabajó en la formación El Diablo en el Ojo y como El Piano Ardiendo–, un ejercicio de activismo luminoso sobre la memoria, la identidad y algo que rara vez se afronta en el mundo del pop como la vejez gracias a hits de alto octanaje emocional como la metafórica “Amapolas en Islandia”, su melodía más rotunda, pieza que supera los excesos líricos –“somos dos flores que tiemblan en un mundo cruel”– por la reivindicación de un amor valiente, marginal, socialmente incomprendido y una musicalidad delicada entre el impresionismo electrónico de Isao Tomita y la bossa nova indie de una Margo Guryan. ∎