Joyce Manor se formaron a finales de los años noventa en Torrance –una de las 88 ciudades que forman parte del condado de Los Ángeles– en la escena punk rock de la playa de Santa Mónica, aunque no debutaron discográficamente hasta 2011, con su álbum homónimo –llamar “álbum” a sus discos es una licencia, porque solo duran entre 13 y 24 minutos–. En 2014, con el tercero, “Never Hungover Again”, el trío entró a formar parte del catálogo de Epitaph, aunque no sea parte del núcleo de artistas “duros” del sello, sino que puede ser considerado una versión ruidosa de Weezer, que también estuvo en Epitaph una temporada.
A decir verdad, Joyce Manor son el equilibrio perfecto entre el indie y el punk y los podemos considerar realmente refrescantes para ambas facciones, conjurando melodías pegadizas escandalosamente compactas y llenas de energía juvenil. En realidad, en la Costa Oeste de Estados Unidos, NOFX y The Smiths viven a solo un acorde de guitarra de distancia el uno del otro. Al menos eso es lo que te hace pensar su séptimo álbum: apenas se ha desvanecido la nerviosa “I Know Where Mark Chen Lives” –a la que sigue “Falling Into It”, con aires de power pop setentero a la manera de The Cars– y aparece “All My Friends Are So Depressed”, un auténtico hit que seduce con florituras de guitarra que recuerdan al Johnny Marr de “This Charming Man”. A esta le sigue “Well, Whatever It Was”, que suena, en cambio, como si The Beach Boys hubieran nacido cuarenta años después… (sin el lastre de tener que parecer modositos, como les pasaba a la banda de los hermanos Wilson). En verdad, “I Used To Go To This Bar” es un disco gozoso para amantes de las melodías nítidas y exuberantes, algunas de las cuales, vuelvo a repetir, sonarían como si The Smiths tuvieran casa en California. No todas, claro: también está su vertiente punk. Como principal ejemplo, “The Opossum”, un tema que podría formar parte del repertorio de Minutemen –que si no grabaron nunca por Epitaph debió de ser por algún tipo de celos generacionales entre Brett Gurewitz, guitarrista original de Bad Religion y fundador del legendario sello punk; aquí ejerce como productor–.
En cualquier caso, escribir melodías que brillen por su sencillez no es nada fácil, pero Joyce Manor dominan la disciplina más difícil de la buena música de guitarras de pop punk clásico: componer estribillos inolvidables. Y este álbum es como debe ser una verdadera fiesta a la manera de la película “American Pie” (Paul Weitz, 1999): llegar, hacerse con el mando del equipo de sonido, robar una cerveza y vomitar en la piscina. ∎