Resulta más difícil de lo que parece describir –o acercarse a una descripción plausible– el trabajo conjunto de Julianna Barwick y Mary Lattimore en “Tragic Magic”. Es un disco atmosférico, o ambiental, con claves de música renacentista. La instrumentación refuerza esta idea: Lattimore toca distintos tipos de arpas que, según los créditos, se remontan a los siglos XVIII y XIX, y Barwick se hace cargo de sintetizadores analógicos diseñados en los años setenta y ochenta del siglo XX, los clásicos Prophet-5 y Roland Jupiter. Las arpas están siempre en primer término, llevando el timón de las evanescentes melodías. Los sintetizadores y bucles electrónicos diseñan los fondos, entre etéreos y orgánicos, sobre los que Lattimore desperdiga las cristalinas notas del arpa. Las voces lejanas y encapsuladas de Barwick, que nunca se imponen sobre los instrumentos, sino que son un instrumento más, rítmico y melódico, se cuelan agazapadas, seductoras y misteriosas a partes iguales. Es ambient, y música electrónica, y tiene cierto misticismo, pero no se trata solo de eso.
La sensación es de música muy artesanal, de silenciosa orfebrería, no solo por los instrumentos empleados, sino también por la forma en la que se ha llegado a ellos. Las dos autoras tuvieron acceso a la colección del Musée de la Musique de París. De este modo, Lattimore puede tocar en el disco un arpa diseñada por el alemán Jacob Hochbrückner en 1728, la más antigua que se conserva en el archivo del museo, y otras construidas por el francés Sébastien Érard en 1799 y 1873, mientras que Lattimore desempolva los sintetizadores analógicos de fabricación japonesa o estadounidense que allí se conservan. El sonido de estos refuerza la sensación de viaje a través del tiempo, aunque es difícil definir hasta dónde se llega de ese pretérito musical.
El fondo sintetizado, las cadencias resonantes del arpa, la voz profunda y los silbidos nos alejan tanto del ambient tradicional como de la electrónica –los dos géneros en los que se manejan Barwick y Lattimore– en “Rachel’s Song”, una de las dos piezas del disco que no les pertenece. Se trata de una lectura personal del tema de Vangelis que describe al personaje interpretado por Sean Young en la banda sonora de “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982), un retrato sonoro que es en sí mismo un enigma como lo es Rachel, quizá humana, quizá replicante. El otro tema ajeno es “Temple Of The Winds”, de Roger Eno. Aquí sí que invocan un ambient más planeador. Pero “Stardust”, la única pieza en la que los sintetizadores se imponen claramente a las arpas, a la vez que entran en juego unos ritmos pregrabados y un loop vocal, se acerca mejor a una electrónica cósmica, sesgadamente bella y repetitiva.
El conjunto tiene algo de religioso, y también de irreal, como sucede con muchos discos de Joanna Newsom, en los que bajo una superficie delineada de forma aparentemente impenetrable late un tipo distinto de rugosidades con el arpa como protagonista excepcional. Cierto que los siete cortes transmiten ante todo serenidad, incluso dulzura, pero el mismo título ya lleva a la dualidad, trágico y mágico a partes iguales. El tema de cierre, “Melted Moon”, que según informaciones desperdigadas por internet surgió del impacto que en las autoras tuvieron los incendios de principios del año pasado en Los Ángeles –las dos viven en la ciudad estadounidense–, es desde sus fraseos circulares del arpa en prolongado arpegio, a los que se incorporan otros instrumentos y las voces, más amenazador que placentero. ∎