El éxito, el prestigio, muchas veces es injusto. A algunos creadores, como a Julio de la Rosa, el tiempo no les ha colocado en el lugar que se merecen. Por mucho que el reconocimiento le llegue por otras vías, por sus trabajos para el cine, como el Goya que recibió por la banda sonora de la película de Alberto Rodríguez “La isla mínima” (2014). Por eso, los periodistas y críticos tenemos la obligación moral de señalar el talento: si lo detectamos, se analiza y se comunica.
Con Julio de la Rosa estamos ante uno de los grandes compositores de este país. Alguien que lo demuestra trabajo a trabajo. Desde hace más de una década su trabajo principal está volcado en las bandas sonoras de películas y series, pero sus logros y destellos de sus álbumes más pop han dejado su rastro: “Pequeños trastornos sin importancia” (2013) me pareció una obra maestra, que contaba con las colaboraciones estelares de Bunbury, Miren Iza (Tulsa), Anni B Sweet, Xoel López, Ainara LeGardon, Ana Franco (Coffee & Wine) y Josephine Ayling, y una colección magistral de canciones. “Hoy se celebra todo” (2017) también fue otro ejercicio de elegancia y versatilidad. “El apego” (2021) me pareció otra obra mayor (un solo corte de casi 50 minutos), un homenaje grandioso a su hija y a la vida bajo el signo de la paternidad.
La semilla de su carrera se establece en El Hombre Burbuja y continúa en solitario desde “M.O.S” (2004). El salto cualitativo lo plasmó en “La herida universal” (2010). Desde ahí todo han sido obras con una lírica propia, el reflejo de una búsqueda personal y una lucha por la supervivencia ante relaciones tóxicas y otras penurias vitales.
Lo primero que destaca en “Las malas hierbas” es la portada, del artista Guillermo Arias, que retrata desde un fino y revelador realismo a dos mujeres ante una mesa con sus copas y sus frutas (naturaleza muerta incorporada) donde resalta el color de sus jerséis rojos, los verdes y marrones, el brillo de las frutas. Esa portada, y el arte (galleta y libreto con las letras y los dibujos de una pequeña multitud de personas) del vinilo, ya es todo un hallazgo. El continente nos llama, el contenido nos apela. El pop de Julio de la Rosa es fino, delicado, pero también punzante y adictivo. Sus canciones atraviesan, porque hay vivencias y aprendizajes, pero también estructuras y melodías que configuran un jardín de las delicias.
Estas once canciones son nuevos hallazgos, nuevos compañeros de viaje. “Mala hierba” sirve de arranque con fuerza, bases que templan la furia y el rechazo. “El no por delante” posee la urgencia de decir las cosas de frente, la asertividad por montera. No sé por qué me recuerda a los Garbage del disco rosa, quizá por el misterio que imprime y su oscuridad subyacente. “Felonía” es pura cadencia, posee swing y flow, a pesar de esconder tragedias. Es la muestra del corte preciso, del sabio bisturí de Julio de la Rosa productor y compositor. “Pamema” es una canción de pop exultante, que camina por los reproches y las vidas heridas, un single vibrante.
“Perorata” es otro hallazgo, otro single ideal, que contiene un fraseo contagioso y una buena descarga de ironía ante el capitalismo y el destino. En “La silla de las fieras” vuelve a la intimidad, a los tiempos rotos que nos mecen, al dolor de las relaciones que estallan en mil pedazos. En “Temporada de perdices” emerge la intriga y la oscuridad de los teclados, con una batería y percusión metálica juguetona que nos golpea y donde sigue desplegando su narrativa afilada. Una canción que se ensambla con “La lata”, como el reverso de lo oscuro, otro acierto musical que contiene arreglos épicos y emocionantes. En “Teruel” aparece junto a su pareja Helena Goch a los coros, conjugando bases trip hop con sonidos de cuerda que circulan como una gran constelación, y un sample de ¿su hija? cantando un “happy” letal. Por este álbum planea el pulso, la batalla, junto al perdón, la cura y escapar del dolor y del daño, pero también una mirada a la vida con cierta intención de arraigo y de salida, como ocurre en “Margaritas a los cerdos”. “Monigotes”, en su tempo confesional, cierra un disco que es un nuevo hallazgo y otra hermosa obra de un Julio de la Rosa en estado de gracia. ∎