Quienes prefieran hacerse con los formatos físicos tendrán que esperar hasta el 30 de enero de 2026. No obstante, ya puede escucharse en las plataformas habituales de streaming y descarga digital lo último de Kelly Moran, cuya primera pieza y también single “Echo In the Field” establece el devenir fluido de un álbum en permanente diálogo entre ella y su máquina de percusión con empuje renovado y detalles sonoros que remiten a lo largo de sus reflexivas diez piezas al prototechno de Manuel Göttsching, al minimalismo cíclico y arpegiado de Philip Glass, incluso al cinematográfico de Jóhann Johánssonn, a los exotismos diáfanos de una Pauline Anna Strom, a las delicadezas orientales de Masayoshi Fujita o, por supuesto, a la técnica del “piano preparado”, acuñada en los años treinta por John Cage, donde la pianista neoyorquina se desenvuelve otorgándole nuevo brillo y esplendor.
Colaboradora idiosincrática de artistas como FKA twigs, Yves Tumor y Kelsey Lu, Daniel Lopatin alias Oneohtrix Point Never –que produjo con ella buena parte de “Ultraviolet” (2018)–, Helado Negro o The Avalanches, la improvisación es otro rasgo estilístico de Kelly Moran, un factor muy presente en este vibrante tercer LP suyo para Warp Records, cuarto oficial de su carrera. “Don’t Trust Mirrors” quiere alejarse tímbricamente de su precedente “Moves In The Field” (2024) sonando esta vez a gamelán actualizado con sutiles sonidos sintetizados y analógicos –nos preguntamos si es una cítara lo que se escucha en “Prism Drift”– que fertilizan y dan cuerpo a la faceta impresionista de la compositora –recordemos que fue Debussy el primero en importar esta especia sonora a la música occidental– creando con ello los paisajes interiores de un álbum que Moran ha tardado seis años en concluir.
Stephen Wilkinson, que también publica discos en Warp como Bibio, la acompaña en el corte homónimo de un disco que podría emplearse en la terapia de pacientes con eisoptrofobia, trastorno de la ansiedad consistente en temer la imagen de uno mismo en el espejo. Esta aversión que sufrimos casi todos a partir de cierta edad no es lo que transmite precisamente “Don’t Trust Mirrors”. Tal vez su áurea y joven autora no conozca “La dama de Shanghái” (1947), el thriller de Orson Welles con la famosa secuencia de los espejos, pero su trabajo lo es más de sensaciones que tienen que ver con la melancolía, el éxtasis y la transformación con final dichoso en “Cathedral”, un monumento de cristal. Como Isao Tomita en “Snowflakes Are Dancing” (1974), el enigmático “Don’t Trust Mirrors” es un disco conjurado casi onomatopéyicamente en interpretar ciertas ideas y percepciones asociadas a la experiencia del reflejo y la reverberación: crisálidas –“Chrysalis”–, ondas celestes –“Lunar Waves”–, hálitos líricos –“Above The Vapors”, entre Soft Veredict, The Durutti Column y Susumu Yokota– o presencias multisensoriales –“Reappearing”, el corte más largo del disco, como prodigio de puntillismo sonoro–.
En nota de prensa se hace notar que la intención metafórica del álbum sería un “viaje inmersivo hacia la reconexión y refocalización introspectiva”, pero ya sabemos lo sufridas que son todas estas exégesis musicales culturalmente objetivadas. Ya fuere por vías miméticas o de reacoplamiento interior, “Don’t Trust Mirrors” está diseñado para un desafiante goce sensorial, con sombras pero sin terrores añadidos, donde la autora hace un esfuerzo, magníficamente producido, grabado y ejecutado por ella misma, en explorar una vez más pero de otra forma las posibilidades del Disklavier. Desde 2018 Kelly Moran es lo que se denomina una “Yamaha Artist”, año que coincide con su fichaje por Warp y con la publicación del mencionado “Ultraviolet”. “Don’t Trust Mirrors” invita nuevamente a cerrar los ojos para soñar, viajar y despertar, eso sí, por si las moscas, nunca frente a un espejo. ∎