Almas libres. Perros verdes. Bichos raros. Objetos sonoros no identificados. Adictos al vuelo libre. Gozosamente dispuestos a no dejarse segmentar en ninguna taxonomía. Podríamos estar hasta mañana agotando calificativos más o menos pintones para sintetizar la inclasificable propuesta que ponen en práctica Edi Pou y Sara Fontán, pero ninguna les haría justicia porque el disfrute sensorial de este segundo álbum –como el del primero, “Queda pendiente” (2023)– se aviene más bien regulín con cualquier clase de lacre genérico. No los necesitan. Claro que no. No es pop, ni rock, ni electrónica, ni minimalismo ni free jazz ni nada que se le pueda parecer un poco. O sí, algo pueden tener de todos ellos, pero de un modo personalmente licuado y muy difícil de cotejar con cualquier música geográficamente cercana. Un enjambre de percusiones (orgánicas o programadas) y un violín les bastan a ambos para no solo igualar, sino incluso mejorar todo lo que vienen apuntando desde que disolvieron Big OK, el trío que formaban junto a Paul Fuster hasta que mutaron simplemente en Los Sara Fontán.
Los títulos concuerdan con lo que apunta su Bandcamp (no lo busquéis en Spotify, sí en vinilo de 180 gramos): esto es un ejercicio de resistencia frente a la apisonadora tecnofeudalista de un mundo en llamas al que, ya que –obviamente– no van a poder cambiar ni en pintura, tratan de buscarle las cosquillas ideando espacios temporal y sónicamente autónomos. Bastardos, selfis, megalodones, apariencias fútiles y la imperiosa necesidad de creer en algo y buscar, cómo no, consuelo sirven para nombrar estos ocho intersticios: pertinentes y hasta necesarios, desde luego. Pequeños refugios (¿canciones?) de entre tres y ocho minutos que funcionan como organismos vivos sin aparente hoja de ruta determinada, fiados a la intuición. Con títulos en castellano y en catalán, aunque ninguno responda a una voz inteligible. Plasmando un intrigante desasosiego en cortes como “All The Bastards” y en una “Zapatos, Selfie, Genocidio, Makeup” (uno de los títulos del año) algo más tremendista, pero también ofertando un halo de esperanza en la ensoñadora y oxigenante (supongo que por eso fue el primer adelanto) “Creer fuerte”, con sus trinos de pájaros, sus voces troceadas mediante samplers y ese ritmo tan cercano en cadencia al drum’n’bass.
Diría que hay más diversidad de texturas en este disco que en el anterior, y también que casi todos sus cortes tienen algo más de pegada. “Mecanismes d’obediència” apela a una visión de la electrónica que es como si te llevara de la mano a una rave sideral. El ritmo entrecortado de “Megalodon 2” puede evocar a los próceres del math rock. “Dubte melòdic” arranca como su título, titubeante, hasta que estalla en una explosión percutiva. Y dos nombres de mujer ponen el broche: “Elektra”, que deconstruye la ópera de Strauss hasta desembocar en una maravillosa locura que podría dislocar cuellos con la misma fiereza que una rave en un sótano londinense a mirad de los noventa, y el cierre onírico, atmosférico, de aliento clásico, como de cuento gótico o romántico, de “Salomé”. Otro álbum que nos invita a zambullirnos en él. Sin escafandra, por supuesto. ∎