“AMA” es el primer disco que
Maria Arnal firma en solitario, y lo hace desde la asunción plena de una voz propia. Tras años de trabajo a dúo con Marcel Bagés y de exploración tecnológica, aquí no hay coautoría conceptual que reparta el foco: la arquitectura, la investigación vocal y la narrativa emocional parten de una decisión personal. El punto de partida, por tanto, es más íntimo (y doloroso) que nunca. El disco está dedicado a su prima, fallecida por VIH cuando apenas tenía 15 años. Esa ausencia atraviesa el álbum como una corriente subterránea: la muerte aparece como estado que convive con la vida de forma permanente. De ahí la insistencia en ciclos, en retornos, en reencarnaciones, en lo que se transforma sin desaparecer del todo; y también en
loops que, por supuesto, aparecen en el plano arreglístico. El propio título –que remite a las iniciales del nombre de su prima– condensa esa complejidad. “AMA” es el imperativo de amar, pero también remite al gesto primario de un bebé al mamar: Arnal condensa el inicio de la vida y el final de ella en menos de media hora, a través de un imaginario bucólico que toma prestados ciertos mitos fundacionales de la sociedad occidental.
“Como una flecha en el pecho, como una revelación (…) algo que viene de frente, que no se puede evitar”. En la canción que da nombre al disco, cuando Arnal canta esa imagen, la percusión suena como si alguien estuviera golpeando un yunque. Podría ser un yunque, una cacerola, pero en cualquier caso evoca ese timbre metálico y frontal. El álbum empieza, así, con algo que no se puede esquivar y que es medio molesto. Desde el primer corte queda claro que este no es un disco que utilice la tecnología en el sentido común de la palabra (asociada a la electrónica desarrollada a través de síntesis pura), sino como herramienta que le sirve para deformar lo orgánico: aquellos sonidos que provienen de la naturaleza. En
“CARTA”, por poner ejemplo, los
hi-hats no vienen de una caja de ritmos estándar: están construidos a partir de cantos de pájaros, recortados y convertidos en el pulso inicial del tema.
“Las ramas me preguntan por ti”, canta en una línea bucólica que, en contraste, está sostenida por una arquitectura electrónica milimétrica.
Esa lógica continúa en
“PELLIZCO”, donde la percusión nace, en gran parte, de su propia voz: de nuevo, estirada y sujeta a todas las posibilidades que un programa de edición puede hacer con ella. Sus sílabas cortadas se transforman en el instrumento percusivo en torno al cual se añaden el resto de capas. A la vez, Arnal construye polifonías que funcionan como acordes colchón, como si cada capa vocal fuera una nota de un teclado invisible. Cuando hablamos de polifonía pensamos automáticamente en Bach, en la tradición coral barroca, en el contrapunto como sistema cerrado. Lo que hace Arnal no replica ese modelo: propone otra forma de armonizar con la voz de una.
“Dime si tú sientes esta flecha”, canta, y la imagen de Cupido (o de la cazadora) vuelve a aparecer.
“QUE ME QUITEN” es probablemente su canción más pop en sentido estructural, pero en
“MADRIGAL” esa polifonía vocal alcanza su punto más expansivo. El
beat construido a partir de la voz se acelera, se densifica y se convierte en materia de club. La tradición renacentista del madrigal (polifonía secular que hablaba de afectos humanos) reaparece aquí transformada en la pista de baile. Entradas vocales superpuestas y síncopas digitales protagonizando el momento donde mejor se entiende la tesis del disco: la voz como organismo complejo que puede habitar simultáneamente el archivo y el club.
“SUSPIROS” recuerda, por su estructura rítmica y su repetición hipnótica, a un funk carioca ralentizado y refinado, como si hubiese pasado por el filtro de un auditorio. A su vez,
“TICTAC” introduce una reflexión sobre el tiempo y la muerte. El pulso repetitivo sostiene un texto que habla de reencarnación, de transformación, de ciclos que se repiten, en un ensayo sonoro sobre la finitud y la posibilidad de retorno.
Alizzz y Pau Riutort están presentes en la producción, y se nota su precisión en la arquitectura rítmica y en la limpieza de la mezcla. Pero no aparece la “marca Alizzz” reconocible en otros trabajos más abiertamente
mainstream. Aquí no hay ese brillo sintético inmediato que sí puede oírse en discos de Amaia o en producciones más claramente radiofónicas. Tiene sentido: este es el primer álbum que María Arnal firma en solitario. Los productores no desaparecen, pero quedan en segundo plano como facilitadores técnicos de una visión que es claramente suya. El título “AMA” condensa esa intención: no es solo el imperativo de amar, es también la acepción de ama como dueña. Ama como líder. Ama como jefa. “AMA” no es un manifiesto tecnofílico, sino que todo responde a la lógica de una artista que ha decidido que su instrumento principal (la voz) no necesita elegir entre tradición y futuro. “AMA” no es solo amar. Es ocupar un espacio. Es decir: aquí mando yo. ∎