Todos esos curitas reconvertidos a no se sabe qué que siempre que tienen ocasión se ensucian la boca para defenestrar el indie español –el de verdad– harían bien en usar estropajos contra los prejuicios y enfocar su mirada (y sus oídos) con un poco más de objetividad. Sin ese caldo de cultivo que propició el indie probablemente nos habríamos quedado sin, por ejemplo, Sr. Chinarro, Los Planetas, La Buena Vida, El Niño Gusano, Manta Ray, Nosoträsh, Nacho Vegas, Family, Astrud, Le Mans, Single, Pauline en la Playa, 12twelve, Penelope Trip, Anari, Paperhouse, Beef, Mus, Corn Flakes, Lisabö o Refree (por citar solo unos pocos). Y, probablemente, también sin Migala, uno de los proyectos más delicados y fascinantes de esa época (¿La Edad de Oro del indie?).
“Arde”, publicado originalmente a finales del 2000, fue el tercer largo del colectivo que tuvo a Abel Hernández y los hermanos Coque y Diego Yturriaga como cabezas más visibles –sin olvidar a Jordi Sancho, Rubén Moreno y Rodrigo Hernández–. Activos entre 1996 y 2005, se despidieron discográficamente con “La increíble aventura” (2004) sin que sus partituras de folk y rock –siempre con el prefijo post– se hubieran agotado.
Un cuarto de siglo después, “Arde” vuelve a cobrar vida en esta reedición de Acuarela que presenta el álbum con nueva remasterización, distinta portada –la original, con las imágenes de Michael Andrews (1928-1995), en el encarte interior– y por primera vez en vinilo. Es otra oportunidad de oro para embarcarse en los 47 minutos de una auténtica obra de arte que ensanchaba una música de amplio espectro cinematográfico que ya había dejado su impronta en los también notables “Diciembre, 3 a.m.” (1997) y “Así duele un verano” (1998).
Los dos instrumentales que abren el LP –“Primera parada” y “El caballo del malo”– marcan el tono: una especie de imaginario wéstern en el desierto que chorrea melancolía y congoja, prefacio de un “Fortune’s Show Of Our Last” donde la voz grave de Hernández –secundado por Aroah; también se acredita a Nacho Vegas, presente a lo largo de casi todo el álbum activando guitarras y efectos– parece rencarnarse en un Raymond Carver de bolsillo para narrar la historia de dos hombres “hardened and drunk” en una noche “violently cold”.
La estricta intimidad de “Times Of Disaster”, con sus lágrimas de violín, preceden a “Primer tren de la mañana”, uno de esos collages de samples –aquí de “La hija de Juan Simón” y “Arrebato”– que Migala utilizaban para que las evocaciones se ampliaran más allá de las notas musicales (a lo largo del disco también acuden a diálogos de “El graduado” o “El hombre que mató a Liberty Valance”).
Remodelación muy sui generis de los parámetros del folk y el rock, “Arde” –y todo lo que produjo la banda– demostró que aquí se podían encapsular referencias en principio muy lejanas –Norteamérica– y, sin despojarlas de su particular mitología, ensamblar obras con una personalidad propia y coherente (y repletas de emoción). Lo único que hacía falta era talento; y Migala –y todos los citados en el primer párrafo– lo tenían/tienen por arrobas. ∎