“No quiero ser bipolar, solo quiero una vida normal”, canta Mon Laferte en la primera canción de su nuevo disco, que además le da título: “FEMME FATALE”. La frase enmarca un álbum que revisita los clichés históricos de la mujer fatal (peligrosa, excesiva, indomable) y los cruza con su diagnóstico reciente de trastorno bipolar, que la propia artista ha descrito como un alivio más que una condena. Lejos de utilizarlo como coartada, Laferte lo incorpora como lente para releer ese imaginario: no para reafirmar la teatralidad de la femme fatale, sino para fracturarla desde dentro y convertirla en una figura contradictoria, vulnerable y profundamente humana.
Así, “FEMME FATALE” transita entre el cabaret, el jazz de cámara, el bolero y un pop discretamente teatral, herencia directa tanto de su biografía musical como de su reciente paso por el escenario interpretando a Sally Bowles en “Cabaret”. Los arreglos (trompetas amortiguadas que evocan clubes neoyorquinos de mediados del siglo XX, cuerdas que responden como un segundo personaje, pianos que sostienen el armazón melódico) acentúan la vocación performativa del álbum sin perder una pulcritud tímbrica que roza lo clásico. De este modo, la secuencia inicial, formada por la propia “Femme Fatale” y “Mi hombre”, expone la tensión dominante del disco: la convivencia entre determinación y fragilidad dentro de una voz históricamente asociada a la desmesura emocional. “Mi hombre”, con estructura de copla tradicional y Auto-Tune inesperado, habla de un amor que enloquece; una contradicción formal que sintetiza el espíritu del proyecto. En el tramo central, “Otra noche de llorar” despliega una interpretación jazzística casi académica, mientras “Las flores que dejaste en la mesa” adopta un bolero minimalista. “Veracruz”, por su parte, supone el momento de mayor exposición: Laferte dialoga directamente con su yo del pasado, citándose a sí misma en “Tu falta de querer” y reabriendo una herida conocida para revisitarla desde otro lugar. Ese gesto (entre la violencia y la fragilidad) reaparece en la bossa-jazz “El gran señor”, que despliega un campo de tensión entre entrega y maltrato, y en el vals “Melancolía”, donde un acto cotidiano, como subir un vídeo a redes, se convierte en mecanismo de supervivencia. Las colaboraciones (Nathy Peluso en “La tirana”, Conociendo Rusia en “Esto es amor” y la tríada con Silvana Estrada y Natalia Lafourcade en “My One And Only Love”) llevan el dispositivo teatral a su punto de mayor densidad dramática.
En su conjunto, el disco articula una reflexión sobre la vulnerabilidad (históricamente mal representada) como condición estructural de la experiencia femenina. “FEMME FATALE” se inserta así en una tradición crítica que el feminismo lleva décadas examinando: la mujer fatal no como devoradora de hombres, sino como proyección cultural del miedo hacia una mujer que piensa, desea y decide. Laferte no desmonta ese arquetipo desde la teoría, sino desde su propia experiencia: lo reescribe a la luz del diagnóstico bipolar, convirtiendo sus oscilaciones emocionales, antes etiquetadas como exceso o drama, en un lenguaje que las explica sin moralizarlas. No introduce ninguna tesis inédita, y tampoco pretende hacerlo; simplemente despliega su historia en un territorio ya debatido hasta el agotamiento. Podría ser el diario de cualquiera; aunque en este caso, es solo el suyo. ∎