Álbum

Mon Rovîa

BloodlineNettwerk, 2026

Por desgracia, mucho se está hablando y escribiendo estos días de la reactivación de la Doctrina Monroe, esa hoja de ruta colonialista estadounidense de 1823 puesta al día, rebautizándola incluso como Doctrina Donroe para adaptarla a estos tiempos en los que Donald Trump y su camarilla tanto se esfuerzan en ser quienes marcan el rumbo de la Gran Deriva. Echando la vista atrás, dicha doctrina se nos aparece como el comodín expansionista que se sacó de la manga la American Colonization Society (ACS) para consolidar en 1824 la creación de Liberia, el país africano que nació como una simulación de libertad para los esclavos negros liberados en Estados Unidos y que, tras declarar su independencia de la ACS en 1847, se convirtió en la segunda república negra del mundo, después de Haití. En fin, no estamos aquí para asistir a una clase de Historia, pero con este disco ese contexto viene a cuento.

Me explico. Mon Rovîa es el alias artístico del liberiano Janjay Lowe, adoptado en 2001, durante la segunda guerra civil de su país y cuando él tenía 7 años, por un matrimonio de misioneros cristianos (él, pastor evangelista) que se lo llevaron a Estados Unidos, primero a Florida y luego a más sitios, pero al final y hasta ahora a Tennessee. Que se haga llamar Mon Rovîa no es casualidad, sino un nada velado guiño a su país de nacimiento, pues Monrovia es el nombre de la capital de Liberia, así bautizada como homenaje al que entre 1817 y 1825 fue quinto presidente de Estados Unidos, James Monroe, precisamente el impulsor de la doctrina que lleva su nombre (volver al párrafo anterior en caso de duda).

Tampoco es casualidad que las dieciséis canciones de este deslumbrante disco de debut muestren que en su adolescencia sus dos hermanos blancos inculcaron a Mon Rovîa el indie folk milenial de Fleet Foxes, Vampire Weekend y Bon Iver, camino en el que se adentró con las ideas más claras a medida que fue profundizando en la tradición folk negra de los Apalaches o descubriendo cosas como que el origen del banjo partió de África Occidental, justo de la costa de donde él también procede. Podía tirar por ahí sin sentirse un traidor a sus orígenes. Y así, filtrando todo eso con la suavidad de Iron & Wine cuanto más introspectivo este se pone, bajo esa superficie calmosa (con contenidos y etéreos toques de cuerdas, teclas y algunos coros, nada intrusivos) va despachando letras que golpean mientras reflexiona sobre su identidad, sus recuerdos y la guerra (las guerras), sin ambages. Como cuando en “Day At The Soccer Fields” suelta “lo recuerdo como si fuera ayer, el AK 40 apuntándome a la cara”. Sobrevuela por momentos la culpabilidad del superviviente, el por qué él sí ha tenido suerte y no otros, la doble conciencia, que en “Running Boy” le hace cantar “a veces la paz me invadía, pero no entendía, prefiero pasar el tiempo con los vagabundos, soy el andrajoso”. Son como viñetas (once de las canciones no llegan a los tres minutos) que mientras describen el viaje por la vida de su autor van también calando más allá, pequeñas canciones protesta útiles para transformar la rabia en curación, de ferocidad compasiva y cálida para contrarrestar el olor fétido de la Doctrina Donroe y su Gran Deriva, en la línea de cuando en “Heavy Foot” dice “ámame ahora, sujétame, el gobierno sigue pisando fuerte, trataron de mantenernos a todos abajo, pero ellos nunca van a mantenernos a todos abajo” y piensas en ICE. ∎

Etiquetas
Compartir

Contenidos relacionados