Álbum

mori

El Niño Bolarusia-idk, 2026

mori sigue anclado al bedroom pop que lo vio nacer. Mientras tanto, el mundo ha avanzado mucho desde 2020: aquel pop de habitación, frágil y medio embarrado, se ha ido convirtiendo en una especie de frag pop cada vez más limpio y más caro, sostenido por una producción mínina para poder masterizar más arriba. La batalla por el volumen ha vuelto, si es que alguna vez se fue, solo que ahora llega de la mano de una limpieza clínica, casi hospitalaria, donde todo parece desinfectado antes de sonar. Desde que nos obligaron a lavarnos las manos diez veces al día, buena parte del pop parece mezclado con gel hidroalcohólico: no mancha, no huele a nada, no tiene corazón.

“El Niño Bola”, pese a pertenecer mori a la escena que ha catalizado dicha tendencia, resulta raro porque suena sucio. Es deliberadamente demo: mori se queda, consciente, en la parte más vulnerable de la ruina del bedroom pop, y eso lo separa ligeramente del resto de rusia-idk. El artista rechaza la hiperestimulación mutante y opera desde el lo-fi somnoliento: abrazando la estética cloud, la voz de Martín Moreno aparece hundida en la mezcla, a veces casi ininteligible. Donde otros limpian hasta borrar cualquier resto de cuerpo, mori deja el ruido de fondo y, con él, el corazón.

El disco, producido junto con Roy Borland, funciona como una colección de objetos ligeramente deteriorados. Hay ecos de Dean Blunt, de Arthur Russell, de Suicide, de balada antigua, de soul espectral y de pop lo-fi, pero ninguna referencia termina de imponerse. “El Niño Bola” no suena viejo, pero tampoco quiere sonar nuevo. Su lugar está en ese punto intermedio donde una canción puede parecer contemporánea precisamente porque no está del todo adaptada al presente.

Así, la apertura formada por “The Sound” y “DANCE” avanza con la torpeza de un reloj que se ha quedado atrás unos minutos, y la voz de mori flota por encima como si llegara desde otra habitación. Las canciones hablan de bailar, pero en absoluto te invitan a hacerlo. Ahí aparece una de las grandes obsesiones de “El Niño Bola”: la sensación de que el tiempo corre más deprisa que nosotros. En “CdP”, ese “life goes, goes, goes so fast” lo acentúa, y esa relación extraña con el tiempo explica también buena parte de la personalidad sonora del álbum. “Ready For Life” recupera la melancolía suspendida de las baladas vocales de mediados del siglo XX, y lo mismo sucede en “Lovers To Strangers”.

“Is It Forever?”, “Dangerous Things” o “Big Big Love” suceden a través de armonías circulares y arreglos que parecen aparecer y desaparecer dentro de la mezcla sin reclamar nunca el protagonismo, como si fuesen parte de una fuerza natural que va erosionando el paisaje. En ese contexto, “I Feel Good”, junto con AMORE, destaca por la naturalidad con la que incorpora una melodía pop prácticamente perfecta sin alterar el espíritu omnubilado, mientras que “Star”, con rusowsky y producción adicional de Ralphie Choo, introduce una dimensión coral que se sale de los límites del disco.

Puede que “El Niño Bola” llegue unos años tarde a la fiesta del bedroom pop, pero mientras medio mundo intenta que las canciones parezcan renders de arquitectura, mori sigue haciendo música que parece habitada por personas. Personas que conviven con pelusas en las esquinas del cuarto, que se dejan la sartén en el fregadero toda la tarde o a las que se les olvida bajar la basura en verano. Como todos, vaya. No hay que tenerle miedo a sonar sucio, ¡que nadie se ha enamorado en un quirófano! ∎

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