Álbum

Mujeres

Es un dolor inexplicableSonido Muchacho, 2026

Hay una escena en la historia del indie español que merece más atención de la que recibe: la de las bandas que llevan casi dos décadas funcionando, que han sobrevivido a la dictadura del streaming, a la tiranía de los followers y a la obligación de tener un proyecto de marca antes que un proyecto musical, y que siguen publicando discos porque no saben hacer otra cosa y tampoco quieren aprender. Mujeres son eso. Yago Alcover, Pol Rodellar y Arnau “Tito” Sanz llevan juntos desde 2007, cuando se conocieron estudiando cine en la ESCAC de Terrassa, y “Es un dolor inexplicable” es su séptimo álbum. Siete discos en diecinueve años de carrera. La anacronía como método, la honestidad como única estrategia posible.

Lo primero que llama la atención del lanzamiento no es el disco sino cómo han llegado a él. Tres singles previos editados en vinilo de 7 pulgadas, cada uno con una cara B inédita que no aparece en plataformas. En 2026 eso no es nostalgia sino declaración de principios: hay música que existe fuera del algoritmo y hay gente dispuesta a ir a buscarla. Que Mujeres se lo puedan permitir después de casi veinte años dice algo sobre el tipo de fidelidad que han construido. El disco fue grabado por Raúl Pérez en el estudio La Mina de Granada y masterizado por Jonathan Schenke, el ingeniero que ha trabajado con Parquet Courts, Snail Mail o Mannequin Pussy. Hay una coherencia de referencias en esa cadena de decisiones que no es casual.

En los primeros compases de “Alucinante” Mujeres suenan a lo que Airbag –los de Estepona, Málaga, los de “Manual de montaña rusa” (2011), los de los Ramones y los Beach Boys destilados en punk-pop de sol y salitre– hubieran sonado si en lugar de derivar hacia el power pop se hubieran quedado a vivir en el garage. Pero la referencia se queda corta enseguida, porque Mujeres llevan años haciendo algo que pocas bandas de este circuito consiguen: perfeccionar el sonido sin abandonarlo. “Es un dolor inexplicable” suena inmenso. No inmenso en el sentido de producción hinchada o de estadio en el horizonte, sino inmenso en el sentido de que cada guitarra ocupa exactamente el espacio que tiene que ocupar, de que la batería de Tito empuja como si hubiera algo importante en juego, de que las canciones suenan más grandes que sus propios tres minutos. Eso no se improvisa. Eso es el resultado de diecinueve años tocando juntos y de saber exactamente qué sobra.

Las diez canciones funcionan como un puñetazo ejecutado con mucho más cuidado del que aparenta. “Caen imperios” tiene esa pulsión analógica e incendiaria que convierte la resistencia en algo físico, no en consigna. “Después destello” brilla por el mismo motivo que brillan las mejores canciones de este tipo de bandas: porque en cuarenta segundos ya sabes exactamente adónde va y aun así quieres que llegue. El romanticismo anacrónico de Mujeres –seguir creyendo que una canción de tres minutos con guitarras y un estribillo puede cambiar algo– no es ingenuidad. Es una postura sostenida durante casi dos décadas que a estas alturas tiene la solidez de una convicción, no la fragilidad de una moda.

El problema, si es que existe, es el de siempre con Mujeres: que el disco es tan coherente, tan fiel a sí mismo, que no deja fisuras por las que entre el aire. Diez canciones que suenan exactamente como tienen que sonar no es una crítica, pero sí es un límite. La sorpresa está en la ejecución, no en la dirección. Para quien lleve años siguiéndoles eso es exactamente lo que buscaba. Para quien llegue nuevo al disco, la noticia es que hay una banda española que lleva casi veinte años haciendo esto y que todavía no ha perdido un gramo de convicción. Eso, en 2026, es suficientemente extraordinario. ∎

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