Mientras Clottie Cream (Lottie Pendlebury) y Rosy Bones (Rosy Jones) siguen dinamitando leyes del post-punk en Goat Girl, otra componente original de aquellas, la allí bajista Naima Jelly (Naima Bock), prosigue su propia búsqueda en solitario, una de temperamento más sereno, folk y mágica, con Judee Sill o Vashti Bunyan como posibles referentes. No lo parece desde una cierta distancia, pero en realidad el proyecto musical de Bock puede ser igual de intrincado que el de sus viejas amigas.
Tras el impecable, pero quizá algo tentativo, “Giant Palm” (2022), regresa con el superior “Below A Massive Dark Land”, en el que sorprende enseguida su nueva autoridad vocal, y después, conforme se empiezan a revelar gradualmente, unos arreglos cálidos, vibrantes, llenos de pequeños detalles, pero que nunca acaban de resultar asfixiantes, gratuitos. Arreglos en parte de ella misma, que aprendió a tocar el violín con ayuda de Oliver Hamilton (caroline), también arreglista y productor en el álbum, esto último junto con los muchos más presentes Jack Ogborne (alias Bingo Fury) y Joe Jones.
En la inicial “Gentle”, la serenidad de la que hablábamos al principio es un poco engañosa. Cuando Bock canta “quieres que sea amable, frágil, quieres que siga siendo joven”, lo hace con cada vez menos placidez, como cansada de las expectativas y roles asignados por un amante o quizá la sociedad al completo. Todo es un lento pero implacable crescendo punteado por clarinete, flauta, saxofón o, como cierre casi épico, un coro de ocho amigos, un bullicio protector. La siguiente canción, “Kaley”, es todavía más extática ya desde el principio, con trompas como salidas del arsenal de Spacebomb. La country-pop “Feed My Release” cierra un perfecto triplete inicial con aparentes guiños a las armonías de The Roches y una letra bastante emotiva sobre el remordimiento, el remordimiento (para ser precisos) de una compositora: “Tú eres sobre quien escribí / Tú eres sobre quien escribí y a quien perdí”.
El álbum se rinde a confines más etéreos con “My Sweet Body”, cuyo exquisito uso del arpa acaba dando paso a unas cuerdas tensas casi Jonny Greenwood en la recta final: se trata de espejear a nivel sónico la carga que puede suponer el cuerpo. Esa misma temática resuena en “Age”, reflexión sobre los males del edadismo, el paternalismo y la nostalgia que la muestra, musicalmente hablando, en su vertiente más decididamente art-rock, más Cate Le Bon o Aldous Harding. Con “Below A Massive Dark Land”, Bock merece empezar a ser mencionada en los mismos párrafos que dichas maestras.
Tan espaciosa como “My Sweet Body”, si no más, es “Further Away”, oda a un amor ausente con Bock pegada al buzuki, que aprendió a tocar durante unas vacaciones en Grecia. Y también el precioso cierre con “Star”, menos de dos minutos de voces y guitarra acústica que muestran a la artista elucubrando seriamente sobre una depuración no exenta de misterio ni mucho menos. ∎