Phelim McDermott es uno de los directores de escena más singulares del teatro británico contemporáneo. Cofundador y codirector artístico desde 1996 de la compañía Improbable, conocida por un teatro físico, visual y de objetos que combina títeres, máscaras y una imaginación desbordante, McDermott ha construido buena parte de su carrera reciente alrededor de la obra de Philip Glass, firmando montajes escénicos de referencia de algunas de sus óperas –“Satyagraha”, “Akhnaten” y “The Perfect American”– tanto para la English National Opera de Londres como para el Met de Nueva York (o el Teatro Real de Madrid, en el estreno en España de “The Perfect American”, en enero y febrero de 2013), además de dirigir óperas, musicales o producciones teatrales de otros autores. Pero es su condición de hombre de teatro fascinado desde joven por un compositor concreto lo que hace de “Tao Of Glass” un espectáculo sin igual que no es una ópera, ni un concierto convencional, ni un espectáculo de marionetas, ni tampoco una obra de teatro con música incidental, sino algo completamente distinto.
En “Tao Of Glass” –espectáculo estrenado en julio de 2019 en el escenario circular del Royal Exchange Theatre, dentro de la programación del Festival Internacional de Mánchester–, McDermott no puso en escena una partitura preexistente de Glass, como ya había hecho con sus óperas, sino que es la propia historia de su devoción artística, sostenida durante décadas, la que se convirtió en materia dramática, con música compuesta expresamente para acompañarla. Fruto de la relación “laboral” de McDermott con Glass, planearon un proyecto conjunto que nunca llegó a realizarse: una adaptación de “La cocina de noche”, el célebre cuento ilustrado de Maurice Sendak. Ese proyecto compartido quedó inacabado por la muerte en 2012 del escritor de literatura infantil, pero se transformó, con el tiempo, en el germen narrativo de “Tao Of Glass”: la historia de una función que nunca sucedió contada a través de la función llena de elementos oníricos que sí está sucediendo ante el público. La obra de quien ha pasado media vida profesional al servicio de la música de Glass y que en un momento determinado decidió dar la vuelta a esa relación y contarla en primera persona.
Para el espectáculo, Glass decidió escribir diez piezas nuevas pensadas expresamente como acompañamiento para la obra: diez meditaciones sobre la vida, la muerte y la sabiduría taoísta acompañadas de nueve composiciones inéditas de Glass y una décima, “Closing”, que es una de sus más famosas composiciones –la sexta y última pieza de “Glassworks” (1982), de la que se han realizado numerosas versiones–. Su presencia no es casual: McDermott ha contado que no recuerda con exactitud cuándo escuchó por primera vez la música de Glass, pero sí recuerda el disco que se lo reveló: “Glassworks”, que compró, siendo estudiante, en 1985.
Lo que ahora se ha lanzado comercialmente no es la grabación del espectáculo completo –este dura, en realidad, dos horas y media–, sino tan solo una parte: cinco piezas y poco más de 45 minutos de duración en total, publicado en el sello Orange Mountain Music –la compañía discográfica que el propio Glass fundó en 2001 y que ha ido publicando de forma sistemática su catálogo, incluidas bandas sonoras y rarezas–, y se ha editado coincidiendo con el momento en que la producción ha llegado al West End londinense –en el @sohoplace (4 Charing Cross Road), del 25 de julio al 12 de septiembre, por si alguien se anima a ir a Londres–. Su estructura sigue el orden narrativo de la función: cada tema corresponde a uno de los grandes bloques de la historia que McDermott cuenta en escena –que aparece como narrador, actor único y, en cierto modo, médium de su propia biografía, rodeado de un equipo de titiriteros que traducen a imágenes físicas los recuerdos, sueños y obsesiones que va desgranando, acompañado por un pequeño conjunto de música (piano, clarinete, violín y percusión)–. Para el conocedor de la obra de Glass, las dos primeras composiciones del disco –“Newspaper” y “Maurice”– pueden resultar un poco desilusionantes: un déjà vu de su estilo más canónico, alejado, además, del sonido más minimalista de “Glassworks”, la obsesión de McDermott. La tercera pieza, “The River”, aun siendo fácilmente reconocible como de Glass, ofrece un tono melancólico mucho más satisfactorio. Sin embargo, es en la larga cuarta pieza, “Coma”, de casi doce minutos de duración, donde nos tenemos que quitar el sombrero ante Glass: se trata, indudablemente, de una de sus composiciones más hermosas no solo de sus últimos años o de lo que llevamos de siglo, sino de toda su trayectoria.
La pieza recupera el título de un espectáculo previo de Improbable, la compañía de McDermott, centrado en los estados alterados de la conciencia humana. En el espectáculo “Tao Of Glass”, “Coma” es la reconstrucción escénica del primer ensayo real entre McDermott y Glass, mucho antes de que “Tao Of Glass” existiera como proyecto: McDermott recuerda haber llegado a aquella primera sesión de trabajo con ideas atropelladas y cierto nerviosismo, proponiendo una escena sobre la conciencia humana en estado de coma y la respuesta de Glass fue tan escueta como reveladora: le pidió simplemente que se tumbara en el suelo, junto al piano de cola, y le dijo que intentaría “alcanzarlo” con la música. Esa escena, recreada literalmente sobre un escenario giratorio, con McDermott tumbado boca arriba mientras la plataforma rota lentamente, con Glass tocando el piano, se convirtió en una de las imágenes icónicas del espectáculo. Pero es que escuchada sin imágenes, la pieza es de una belleza subyugante y novedosa en la que Glass deja de “plagiarse” a sí mismo para ofrecernos algo más que un simple destello de su genialidad.
Que el disco finalice con “Closing” es lógico: la función cierra el círculo de un modo igual de personal, con la pieza que cierra precisamente el álbum que McDermott escuchó de adolescente y lo convirtió en fan irredento de Glass, y la escena termina con él sosteniendo un tocadiscos analógico mientras suena el vinilo original, en un gesto que funde la memoria física del objeto con el recuerdo emocional de una vida entera marcada por esa música. ∎