Han sido los últimos en llegar a la ya abultada lista de aspirantes a mejores del 91, y muy mal tienen que ir las cosas para que no figuren en los primeros puestos. “Screamadelica” satisface plenamente la expectación creada durante meses, convenientemente alimentada a base de maxis y completísimos mini-CDs donde quedaba más que clara la reconversión bailable de las marañas psicodélicas y decididamente revivalistas de unos desangelados escoceses en Brighton capitaneados por el ex Mary Chain Bobby Gillespie.
Pues bien, eso era solo una parte del cremoso pastel. La espectacularidad y grandilocuencia efectista de las producciones de Andy Weatherall y la fórmula planeadora tecno-místico-repetitiva de Alex Paterson, alias The Orb, no podían ser reclamo suficientemente sólido para arrastrar al gran público, precisamente ese que compra los discos. Gillespie, con la modestia que lo caracteriza, prometió un álbum clave en la historia del pop; incluso llegó a decir que Primal Scream sería la banda que superaría el mito Velvet Underground. Político alucinado, mercader emprendedor o simplemente bocazas imprudente, ¿qué más da lo que diga si lo que hace, musicalmente hablando, es interesante?
“Screamadelica” lo es, y mucho; tanto que me atrevo a pecar de la misma imprudencia que Gillespie para decir sin rubor que es uno de los álbumes pop más completos, sorprendentes y reveladores desde la convulsión irreversible que supuso el dichoso “summer of love” del 88. Completo por la profusión de estilos e influencias que de él se derraman, sin ser pastiche de todos ellos. Tras una sabia cocción, rhythm’n’blues, pop, country, soul y demás esencias constituyen un poso básico bien asumido y entendido como excelente bagaje sobre el que se desarrollan fórmulas nuevas, venidas estas, en su mayoría, de la música de baile y la tecnoproducción moderna.
Sorprendente por la efectividad, casi conceptual, con que todos esos ingredientes se han mezclado con un espléndido catálogo de ritmos bailables, se han salpicado con una enriquecedora variedad instrumental –de las trompetas a los violines pasando por las gaitas y los sitares– o se han insertado en temas de corte ambiental, intimista, hipnótico y, en ocasiones, planeador que son, más que canciones, auténticos desarrollos sonoros de un buen montón de ideas.
Y revelador porque pone en evidencia que, sin hablar de momentos clave –¿quién va a creerse eso precisamente ahora?–, sí estamos hablando del ya inevitable relevo de popes en el firmamento del pop británico. Un relevo que no van a recoger ni The Farm ni Soup Dragons ni tan siquiera The Stone Roses, que no se va a hacer a golpe de crossovers, revivals ni refritos, sino a base de obras que, como la que nos ocupa, supongan el asentamiento de pautas definitorias –que no definitivas– de la esencia de una nueva forma de hacer pop. Probablemente, la más infecta, bastardeada y manipulada de la historia, pero ¿qué más da lo que se diga si lo que suena es interesante? ¿O debería decir excitante? ∎