Álbum

Quevedo

EL BAIFORimas Entertainment, 2026
Si alguien hubiese dicho que uno de los artistas españoles más exportables sería un chico canario con voz de resaca, dicción arrastrada y con una forma de cantar que parece siempre a punto de quedarse dormido, probablemente nadie habría apostado demasiado fuerte. Y, sin embargo, aquí estamos… y aquí está Quevedo.

Como la mayoría, cuanto más global se hace el proyecto, más recurre el artista a lo local. Por ello, “EL BAIFO” es el disco de Quevedo que juega con el orgullo canario. En Canarias, “baifo” es la cría de la cabra, pero en el ecosistema de internet la cabra es también el GOAT, el mejor de todos los tiempos. “Puto, yo sí soy el baifo desde que era un chiquillo, puto, yo era el baifo hasta cuando pinté ladrillo”, canta en la canción que da nombre a su nuevo LP. Quevedo se coloca en medio de esa broma lingüística con bastante inteligencia: no se presenta como leyenda definitiva, sino como alguien que todavía está creciendo mientras todo el mundo le exige comportarse como una superestrella. Es una forma hábil de rebajar la ambición hacia algo muy solemne. Y es que su tercer álbum va justo de esa dicotomía: ser el chico de moda y querer mantener su identidad isleña.

Por ello, toda esa reivindicación identitaria no se queda solo en las letras o en el imaginario del disco. También atraviesa directamente la música. Ahí están Los Gofiones cerrando el trabajo con “HIJO DEL VOLCÁN”, convirtiendo el final del álbum casi en una especie de himno folclórico hasta que entra el rapero. También aparece el timple en “MI BALCÓN”, y luego está toda la parte de verbena y merengue, que atraviesa bastante el disco y explota especialmente en “LA GRACIOSA” con Elvis Crespo o en “GÁLDAR” con Tonny Tun Tun. Con todo, aparece una idea de Canarias muy específica: la relación histórica y cultural con Latinoamérica y el Caribe. Así, la influencia más evidente es Bad Bunny, pues el eco de “DeBí TiRAR MáS FOToS” (2025) sobrevuela la operación identitaria. El canario coloca el merengue en el centro del mainstream español del mismo modo que el puertorriqueño lo hizo con la salsa, pero siempre con dejes contemporáneos: por ejemplo, “AL GOLPITO” (con Nueva Línea) tiene mucho de música de fiesta local llevada al pop masivo sin perder del todo cierta sensación de calle, de verbena de pueblo, de orquesta que toca para gente sudando en la plaza del ayuntamiento. Y esa es realmente la línea estructural del trabajo: Quevedo llora porque al ser tan rico y famoso no puede seguir en la verbena viendo a sus amigos.

Hay un momento bastante concreto en el que el pop contemporáneo decidió que ser rico ya no era suficiente. Ahora además hay que sufrir muchísimo por ello. La angustia del éxito puede ser real, y seguramente lo es, pero el pop lleva años exprimiendo esa imagen del millonario que descubre que el dinero no cura el vacío. A estas alturas, escuchar a una estrella lamentar la condena de la riqueza genera una profunda pereza. Quevedo salva parte de ese terreno porque todavía conserva algo raro: una ingenuidad bastante creíble. No parece un cínico vendiendo vulnerabilidad, sino un chaval que ha ganado demasiado dinero demasiado rápido y todavía está intentando entender qué se hace con eso un martes por la tarde. Pero, bueno, tampoco es que sea un pobrecito. ∎

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