Álbum

Robbie Robertson

Killers Of The Flower MoonMasterworks-Sony, 2023

Más allá de la excelente relación personal y profesional que Martin Scorsese mantuvo con Robbie Robertson (1943-2023), concretada en la filmación por parte de Scorsese del concierto de despedida de The Band –“El último vals” (1978)– y en las bandas sonoras que Robertson le compuso –“El color del dinero” (1986) y “El irlandés” (2019)– o en las que participó como consultor, supervisor o productor musical –“El rey de la comedia” (1982), “Casino” (1995), “Gangs Of New York” (2002), “Shutter Island” (2010), “El lobo de Wall Street” (2013) y “Silencio” (2016)–, hay un detalle más revelador en cuanto a la participación de Robertson en el que sería su trabajo póstumo: “Los asesinos de la luna” (“Killers Of The Flower Moon”, 2023), para la que elaboró un soundtrack marcado por un rock y blues tribal, es un filme ambientado en la reserva de los indios osage, y Robertson era, por parte de madre, descendiente de indios mohawk, criada en la reserva Six Nations. Los osage se dispersaron por todo el suelo norteamericano, aunque eran originarios del estado de Oklahoma y hablaban una de las lenguas derivadas de los sioux. Los mohawk vivían cerca del lago Ontario, en Canadá, y pertenecen a la confederación iroquesa, que incluye también a los seneca y tuscarona. Naciones fuertes, ricas a causa del petróleo en el caso de los osage, como explica el filme de Scorsese, con una cultura musical que Robertson desperdigó tácitamente en su propia obra musical.

El tema de “Los asesinos de la luna” resultaba, pues, perfecto para una inmersión en sus raíces culturales mediatizada por su tratamiento del rock, blues, blues-rock, folk, country y americana, los géneros e hibridaciones que tan bien desplegó en la singladura de The Band. Eso unido a una concepción de los arreglos cinematográficos que Robertson fue aprendiendo poco a poco en su trabajo continuado con Scorsese. Como mejor prueba el corte titulado “Reign Of Terror”, en alusión al reinado del terror con el que fue conocido el período de asesinatos en serie que trata la película: partiendo de una base rock tradicional, se convierte en una música también tradicional de filme de intriga y misterio con el acento primitivo que caracteriza, consecuentemente, muchas de las composiciones de la película. Las hay de métrica hipnótica, impresionistas, paisajísticas, de mayor o menor acento blues –“Not If It’s Illegal” es una delicia–, juguetonas con el tratamiento tímido de los vientos como “Insulin Train”, resonantes como “Tulsa Massacre Newsreal”, ancladas a la tierra a través de unas percusiones rudimentarias y una armónica y steel guitar westernianas en el caso de “Shame On Us”, con guitarras con wah-wah setentero como en “Salvation Adagio” o marcadas por un contrabajo de jazz aleteando sobre ritmos tribales en “Too Much Dynamite”.

Menos de una hora de música para una película que dura tres horas y media, lo cual se agradece en tiempos en los que los soundtracks vuelven a resultar innecesariamente largos y expansivos. A los quince temas escritos por Robertson –el último, “Still Standing”, el único cantado– se añaden en el disco un par de exultantes muestras del jazz de los años veinte a cargo de Vince Giordano y sus Nighthawks, una versión de “Tupelo Blues” a cargo del violín campestre de Rayna Gellert, un breve interludio del violinista Andy Stein y un largo tema ritual interpretado por Osage Tribal Singers, aunque en el filme pueden escucharse igualmente piezas de Tennessee Mountainers, The Carter Family, Henry William Whitter –otro de los redescubrimientos de músicos pioneros americanos que tanto gustan a Scorsese– o el clásico “Dark Was The Night, Cold Was The Ground” de Blind Willie Johnson. ∎

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