Álbum

SanIsidro

Lento apostaLa Castanya, 2026

Hace poco que Daniel Sánchez Arévalo llevó al cine “Rondallas”, esa historia donde un pueblo gallego combate el luto a golpe de rondalla, pandereta y tradición popular. Y es que hay algo purificador en aferrarse a la madera y al cuero cuando todo se tambalea; un folclore desnudo, tocado a tumba abierta por gente de a pie, que pasa de la perfección técnica para pellizcarte las entrañas y recordarte que el consuelo siempre se esconde en el latido más puro de la comunidad. ¿Y qué demonios tiene que ver esto con el nuevo disco de SanIsidro? Esa misma mística desarmante, que antepone la emoción visceral a cualquier etiqueta, es la que bombea en el pecho de Isidro Rubio, empeñado en rastrear ese mismo eco ancestral. Y es que a la hora de meterse en el estudio para registrar esta entrega, le recomendaron viajar hasta Albolote, en Granada, para ponerse a los mandos de Raúl Pérez en los estudios La Mina. ¿El motivo? Que el productor “había grabado de todo, desde rondallas a jazz”. Esa falta absoluta de prejuicios es justo lo que pedía a gritos este proyecto.

Conviene recordar, para los que anden algo despistados, que el valenciano es un perro viejo de la escena. Antes de dar este volantazo, se pasó años sudando la camiseta en las trincheras del punk y el garage rock, militando en bandas como Wau y Los Arrrghs!!!, Venereans o Johnny Casino. Pero un buen día decidió que ya estaba bien de tanta chupa de cuero y de la omnipresente influencia anglosajona, y se puso a escarbar en sus propias raíces. Criado en un hogar donde el quejío flamenco era el idioma natural, heredado de un padre bailaor, Isidro empezó a afinar su propia voz, sumando hallazgos como la hipnosis del blues del desierto de bandas inmensas como Tinariwen. Tras compilar sus demos en el EP “a lo pesau, a lo bajo a lo llano” (Slovenly, 2020) y deslumbrar con “SAMBORI” (2023), este “Lento aposta” llega para confirmarle como un verso libre. Han mandado la batería clásica a paseo, dejando el peso rítmico a percusionistas pata negra como Carlos Llidó o Pau Martí, logrando un sonido orgánico y finísimo.

Ya metidos en el ajo, hay que meterle el bisturí a los surcos. El álbum arranca con “No pots guanyar”, una melodía basada en una nana tradicional de Tavernes de la Valldigna que Isidro retuerce hasta convertirla en un himno de insumisión, oscuro y hostil, contra la asfixia burocrática. En el plano técnico, Raúl Cantizano hace auténticas diabluras a la zanfoña, sumando drones que acaban generando una tensión punzante y completamente asfixiante. Avanzando un poco por el repertorio, hace acto de presencia “Ferit, malferit”, que es, sencillamente, un gustazo. Un tema que camina solo por tangos de Granada. Aquí Pau Martí se luce al cajón, el udu y las palmas, mientras Cantizano se saca de la manga una falseta de guitarra espectacular. Es imposible no contagiarse de ese desgarro cuando entona aquello de: “Ai, ferit! Ai, ferit! / Serà lo que te feren? / Serà lo que t’han dit?”.

La luz y la percusión latina asoman en “Como yo te veo”, apoyada en las congas, bongós y el güiro de Llidó. Conserva la buena onda de Buena Vista Social Club, donde todo se queda en el fondo sin despistar para reivindicar la soledad elegida: “Siempre vuelvo a mi sitio / Mirando hacia dentro todo es infinito”. Por otro lado, la vocación épica desborda en “Amaina”, una pieza que él imaginaba como un desastre natural, casi como sobrevivir al fin del mundo, soltando versos lapidarios como: “Esto es el final de un imperio / hasta aquí nuestros sueños y anhelos”. Tampoco conviene perder de vista maravillas como “Luz blanca (Taranta)”, donde Cantizano vuelve a hacer de las suyas estirando los compases libres con un Space Echo, o la cadencia saheliana de “Ahora, ¡ya!”.

SanIsidro se ha marcado con “Lento aposta” un disco valiente, cocinado a fuego lento y sin mirar de reojo lo que dictan las modas. Demuestra que se puede huir de lo predecible para firmar una obra con solera y muchísima personalidad. Esta reseña viene con un warning de manual: es posible que después de pegarte una buena escucha de estos diez cortes te entren unas ganas tremendas de caminar despacio, perder el transporte de cada día a propósito, apuntarte a un coro tradicional o largarte a vivir al campo para mandar a paseo la inmediatez de la vida moderna. ∎

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