Álbum

Sassy 009

Dreamer+Heaven-Sent, 2026

Con la dinámica actual de transmisión de la música pop, no es nada extraño que una artista que lleva publicando singles desde 2017 –y que en 2019 editó el limitadísimo “Kill Sassy 009”, al que siguió en 2021 una mixtape con el título de “Heart Ego”– haga su debut oficial en largo nueve años después. La noruega Sunniva Lindgård no es una recién llegada. Con una educación musical clásica que no la enganchó, fue trasteando en solitario en su habitación con cachivaches electrónicos donde realmente encontró la vocación. Acompañada por un par de compañeras de instituto en directo durante una temporada, vuelve al formato individual de sus inicios. Si en su citada mixtape practicaba un pop electrónico expansivo con ligeros matices de trip hop o R&B y un espíritu planeador y colorista, en este su primer LP, aunque mantiene parte del sonido de base, el color se torna mate y frío y el conjunto adquiere cierto torno futurista y áspero. A primera escucha, la producción causa buena sensación, suena tensa, seductora y del momento. La voz de Lindgård, filtrada por capas de reverb y Auto-Tune, sumada a su forma de cantar apática, abunda en esa distancia que genera todo en este disco, un sentimiento similar al que desprende una de esas minimalistas salas del más moderno aeropuerto en el que uno haya hecho escala.

Hay matices, claro. “Butterflies” hibrida el ciberpunk con el pop con cierta garra que no abunda en el resto. En “Edges” su voz no suena tan liofilizada, y se agradece: guarda ciertos lazos con el elegante pop R&B de 070 Shake y hasta cierta calidez. También la ralentización con aroma dancehall de “In The Snow” contrasta bien con la imperturbable línea vocal para generar una canción atractiva. Es precisamente en la titular “Dreamer” donde uno se ve contagiado por el tono apático que atraviesa el corte –para soñar, pero con ovejas eléctricas– hasta el siguiente tema, “Sleepwalker’s Pendulum”, que incluye en su parte final unas líneas de guitarra rítmica en tonos menores que apuntan al slowcore pero esbozado y desde una lejanía que no cala. Con “Someone” sube las revoluciones para intentar hacer uno de esos hits R&B que dan cierto glamur a las tiendas de ropa de moda. El álbum incluye algunas colaboraciones que no consiguen sacar al disco de su órbita neptuniana. En “Mirrors” –de la mano de yunè pinku– se arrima a la cadencias del trap, mientras que en “Tell Me” la participación de Blood Orange está algo difuminada: la canción, con esas pinceladas de guitarra y la narcótica pausa, recuerdan más a Tirzah (aunque sin la densidad psicodélica de esta).

No es que el álbum no se puede disfrutar en un plano superficial o que incluso haya quien se sienta a gusto sumergiéndose a fondo en ese sonido algo antipático. Es cierto que sus compatriotas Smerz también hacen gala de un sonido minimalista y frío, pero allí hay más imaginación musical, melodías que entran y salen y pequeños momentos sensuales y de emoción, de cierta genialidad que aquí son más difíciles de encontrar. Desconcierta el tono del último tema, “Ruins Of A Lost Memory”, una balada al piano que parece sacada de la cajita de música de una vetusta tienda de antigüedades. La voz no parece la suya (y no lo es). Lo explica ella en una entrevista: es una canción que grabaron sus padres –la voz es la de su madre–, músicos clásicos, cuyo destino era para intentar participar con su país en Eurovisión. No lo consiguieron, y Sunniva, una buena hija, rescata el tema del olvido. Que no encaje en el conjunto, ni en sonido, tono o sentimiento –ni forcejeando con un gato hidráulico–, no aparenta importarle a Sassy 009 en su acto de amor paternofilial, que parece querer transmitir que ella no es tan distante como parece en el resto del álbum. ∎

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