Joe Moore lleva más de una década moviéndose como productor y compositor entre distintos registros del pop, pero en Sunlit, su proyecto personal, reduce el campo de acción a una sola intuición: capturar el momento exacto en que una emoción se vuelve nítida. Con su segundo disco toma el dream pop como punto de partida y lo orienta hacia una formulación casi programática del anhelo. Así, “Neon Pink” no es una evolución formal respecto a su debut de 2024, sino una profundización en esa zona liminal donde la memoria personal y el cliché cinematográfico se funden en una sola sustancia.
Si su primer disco homónimo, de 2024, habitaba estéticas más folk y algo más animadas, “Neon Pink” gira hacia todos esos territorios más cercanos a la ensoñación, a la pureza o texturas lynchianas. Moore, compositor de proyectos como The Yearning o The Perfect Kiss, despliega aquí una instrumentación que parece dictada por la lógica del sueño. Las guitarras se evaporan siguiendo la estela de Cocteau Twins y la languidez magnética de Cigarettes After Sex.
Como en aquellos, escuchar a Sunlit es verse envuelto en una escena cinematográfica en blanco y negro, pero aquí Moore añade un filtro de color saturado (ese rosa neón del título) que actúa como un tinte para los recuerdos que aún guardamos en nuestra memoria. Y es que, a lo largo de sus diez cortes, el álbum se despliega como una colección de arquetipos del romanticismo adolescente elevados a una categoría liminal. Moore canta como si fuese la banda sonora del baile de fin de curso, de la mano apoyada en el muslo durante el primer viaje en coche, de la mirada que confirma la reciprocidad del deseo. La emoción aparece ya decantada, reconocible, como si cada canción partiera de una imagen previa, interiorizada, que la música se limita a activar. De hecho, en “Neon Pink”, la pieza central, condensa bien el programa estético del álbum: “This could be a movie scene, my valentine”, canta, como si de algún modo se riese de sí mismo.
“Lemon Daiquiri” introduce un matiz más cálido en la paleta armónica, y en “The Last” condensa otro de esos momentos de explosión de amor (“cause I know that I’m not the first one you loved but I wanna be the last”). Musicalmente, hay ecos de Beach House y de la elegancia crepuscular de Bryan Ferry, pero pasados por el tamiz de la dulzura de Julee Cruise. Moore logra que el álbum sea un flujo constante, una corriente de agua tibia donde las canciones no buscan el clímax sino la suspensión de una atmósfera. El cierre con “Pompeii Moment” lleva esta lógica a su límite: capturar un instante y, como en Pompeya, congelarlo y prolongarlo hasta el fin. Es música que detiene el reloj, que pone los frenos a la aceleración contemporánea para instalarnos en una hamaca de gratificación melódica. ∎